Todas las lolitas van al cielo

Las vírgenes suicidas

 

Ella dijo que la novela se la había recomendado Thurston Moore de los Sonic Youth y que, luego de leerla y de encantarle, escribió una adaptación cinematográfica sin siquiera tener los derechos del autor para filmarla. Impulsiva y curiosa, como toda artista que experimenta y no tiene los pies de barro, Sofía Coppola sabía lo que era el rechazo y el pecado de ser la hija de un famoso director. Tres años antes de que Jeffrey Eugenides escribiera The Virgin Suicides (1993), y luego de que Winona Ryder rechazara a última hora el proyecto de su padre, Sofía aceptaba ser Mary Corleone en El Padrino III .

No era, sin embargo, la primera vez que colaboraba con él (a los tres meses había sido bautizada en una escena de El Padrino y en 1989 había escrito el guión de La vida sin Zoe , el segmento más flojo de las Historias de Nueva York ) pero, sí quizás, la más traumática. El maltrato de los críticos fue implacable hasta el punto en que Francis Ford tuvo que salir públicamente a inmolarse por su única hija. Sofía, cual chica sensible, confundida pero empeñosa, se refugia en el arte: lleva su interés por la fotografía a la práctica, estudia pintura y cine experimental en la Escuela de Arte de California y, años más tarde, en esa búsqueda permanente que siempre la arrastra a la orilla paterna, escribe y dirige Lick the Start (1998), su primer cortometraje hecho en blanco y negro. 

Los derechos de The Virgin Suicides ya habían sido vendidos para cuando Sofía terminó el guión. Muse Productions, aunque ya había contratado a otro director y se encontraba en la pre producción de una versión más violenta del libro, abre los ojos cuando ella llegó con el manuscrito bajo el brazo. Además —no es malicioso sugerirlo— “era la hija de Coppola”.  Con la poducción de Zoetrope (la empresa de Francis Ford), la incorporación de James Woods, Kathleen Turner y Kirsten Dunst en el elenco, y la feliz idea de encargarle la imaginería sonora a Air, la banda francesa de ambient-jazz que había escuchado mientras escribía el guión y fantaseaba con unicornios, lolitas metafísicas y muchachos efervescentes, Sofía tiene el campo abierto para llevar a la pantalla esa novela de culto que, estaba convencida, Jeffrey Eugenides había escrito para ella.

La belleza melancólica de esta fábula oscura sobre adolescentes y pérdida, la textura sonora de un álbum de pop extraviado en el tiempo que contribuye a crear esa atmósfera entre onírica, irreal y poética que exhalan sus imágenes y que la mano segura de Sofía supo mostrar con una sutileza impropia para cualquier debutante, nos permiten esta crónica atemporal sobre The Virgin Suicides (1999): una película interesante, infelizmente inédita para la platea limeña.

Les voy a decir lo que veo:

1. Las hermanas Lisbon han muerto. La primera fue Cecilia (13), se arrojó desde un segundo piso, quebrando uno de los vidrios de su cuarto con su frágil cuerpo, y quedó incrustada, con los brazos abiertos al cielo, como la Ophelia enloquecida del cuadro de Millais, en una puntiaguda reja de metal: un sucidio divino, sin rastros de sangre.  Luego vinieron las otras hermanas del comercial de shampoo: Lux (14), Bonnie (15), Mary (16) y Therese (17). En el ritual de su muerte conjunta es imposible distinguirlas, aunque Lux, la lolita que quiso perder su condición celestial, se cuidó de construir una muerte elegante y, como una bella durmiente, se asfixió con el monóxido de carbono que expulsaba el auto de papá. El cigarro que colgaba de su mano en la penumbra, nunca cayó.       


2. Cinco adolescentes americanos contemplan en silencio el horizonte, pero en realidad no ven nada, sólo recuerdan. En su mente la pregunta no vacila: ¿Por qué se mataron las hermanas Lisbon? Pálidos y serenos, como si el alma ya se les hubiese escurrido del cuerpo. En línea india, sin darse la espalda, rígidos como troncos. Su expresión es la misma que tuvimos todos aquellos a los que alguna vez nos rompieron el corazón y anduvimos buscando torpemente una explicación. No deben tener más de quince años. Aunque pueda que me equivoque.

3. Una fiesta fría. El filtro de una cámara estática le ha dado una tonalidad verdosa a la imagen y, a pesar de las sonrisas, la atmósfera tiene el color invernal de un cementerio. Los invitados portan máscaras de guerra nuclear; un padre orgulloso improvisa un discurso cursi para su hija festejada; los cinco adolescentes americanos están perdiendo el brillo inocente de los ojos: uno de ellos recibe el primer beso de una mujer en la terraza de la casa; el otro recoge el cabello de su pareja para que no se manche mientras vomita alcohol. La ciudad entera parece haber olvidado. Ese capítulo negro de su historia, nunca existió.

4. La cámara avanza: la mansión es lujosa, los asistentes sonríen embriagados en su abundancia. Un hombre ebrio decide tirarse de espaldas a la piscina, como si fuera un buzo. “Adiós mundo cruel” exclama. Nadie se ríe. Nadie lo mira, sólo la cámara que ha detenido su marcha y lo capta de perfil. “Ustedes no me entienden” dice sonriendo, “soy un adolescente. Tengo problemas”.


Sucede que la mayoría de las veces las cosas ocurren porque sí. Este axioma es el más perverso en la ley amoral de los seres humanos y esos chicos, que miraban a la nada recordando la fatalidad de las cinco criaturas hermosas que solían ser sus vecinas, lo saben mejor que nadie. Ellas, las hermanas Lisbon, las más perfectas y deseadas jovencitas de un suburbio de Michigan, decidieron acabar con sus vidas y perpetuar la perfección del cuerpo en el recuerdo, mientras, por dentro, no había vida. La pregunta inalterable regresa a través del tiempo, abriendo de nuevo las heridas: ¿Por qué se mataron?

Lux

La primera escena de The Virgin Suicides muestra a Lux Lisbon (Kirsten Dunst) en toda su fascinante ambigüedad. Es un objeto de deseo inasible, frágil, una pequeña provocadora que seduce a la cámara con el movimiento de sus párpados y un chupete que resbala por su boca. Sus gestos son los de una niña traviesa atrapada en un cuerpo maduro. Su seducción es ingenua y, a la vez, excitante, la cámara traduce nuestra fascinación a través de un plano estático, contemplativo, que ella abandona con una sonrisa. Acto seguido, veremos el cielo azul de la ciudad de Michigan y, a lo largo del filme, su rostro grácil flotando sobre las nubes, paseando entre unicornios y  campos de lavanda.

Esta referencia simbólica a la divinidad de Lux, no es casual. Los dioses y las vírgenes son invenciones perfectas con apariencia humana. Las Lisbon bien podrían ser criaturas de fantasía dentro de una fábula moderna. No importa tanto cómo se veían realmente. Lo importante en esta película, que se construye enteramente sobre la base de un prolongado flash back , es cómo los cinco adolescentes que recuerdan para nosotros, pensaban que eran.

Sofía Coppola las presenta, a través de los ojos y la voz del narrador (Giovanni Ribisi), como figuras sacramentales. Se cuida de congelar su imagen y colocar lúdicamente sus nombres en la pantalla a la hora de introducirlas al espectador. Las Lisbon son la materialización de los sueños sexuales de cualquier adolescente americano pero, al mismo tiempo, su aura misteriosa, esa pasividad atípica y agobiante que las diferencia de cualquier jovencita popular de high school , las hace disidentes y enigmáticas.         

Cecilia

La trama de la película se inicia con la imagen del primer intento de suicidio: Cecilia (Hannah R. Hall), la menor de las hermanas, intenta cortarse las venas en la bañera de su casa. Cae de sus manos una estampa de la Virgen María cuando está siendo trasladada por los paramédicos. La ciudad primaveral, de sol radiante y hojas impulsadas por el viento, el aliento acogedor de ese vecindario donde nunca ocurre nada y que los niños pueblan con sus juegos, es mostrado por Coppola a distancia, con planos abiertos y filtros cálidos. La clínica en la que es internada Cecilia, por el contrario, es el lugar de ambientes fríos, blancos intensos y espacios opresivos en el que habitan los adultos. El contraste entre el mundo del exterior y el del interior en la película, está creativamente subvertido: estar afuera es, en cierto sentido, estar seguro.

The Virgin Suicides no es una película sobre el suicidio adolescente. Es una película sobre el desencanto y la celebración del primer amor, sobre la pérdida de la inocencia en el camino idealizado de la primera relación sexual. Es una película sobre la intolerancia, sobre la incomprensión con que la sociedad observa el paso de la infancia a la adultez, sin entender los íntimos códigos de la adolescencia. Cuando Cecilia descansa en la cama del hospital, con las muñecas vendadas y la mirada perdida, no puede estar más lúcida en cuanto a su determinación funesta. El doctor que la atiende no puede explicarse qué es lo que pudo pasar por la mente de esa niña tan llena de vida para intentar arrancársela. Aleccionador, racional, como cualquier inquilino de una sociedad perfecta que no sospecha de la podredumbre interna, le pregunta paternalmente: “¿Qué estás haciendo acá, cariño? No eres ni lo suficientemente grande para saber lo mala que la vida se pone”. La niña no altera la expresión cansada de su rostro cuando le responde: “Obviamente, doctor, usted nunca ha sido una niña de 13 años”.

La muerte de Cecilia se produce días después, luego de que el psicólogo escolar (Danny de Vito) recomienda a los señores Lisbon (James Woods y Kathleen Turner) que la niña tuviera un contacto más regular con los otros chicos porque su acto había sido “un llanto de auxilio”. La señora Lisbon es una mujer conservadora e histérica que viste a todas sus hijas de la misma forma, con vestidos blancos que parecen sacos. Vive obsesionada tratando de evitar su despertar sexual. El señor Lisbon es un profesor de matemáticas aburrido y querendón, de hábitos particularmente raros como armar aviones de madera o hablar con las plantas.  La fiesta que organizan para recibir de nuevo a Cecilia, será el único momento en la vida de los adolescentes en el cual tendrán un contacto físico cercano con las hermanas Lisbon. Un contacto insuficiente pero perdurable. La llegada a la fiesta de un niño que sufre de retraso mental y al que todos los demás empiezan a molestar, parece decidir la suerte de Cecilia quien lo mira con angustia antes de retirarse a su habitación.

El suicidio de Cecilia, a pesar de su sugerida brutalidad, es mostrado con belleza, como una imagen bíblica donde el cuerpo de la niña parece levitar. Los gritos desconcertados de la madre y los pasos asustados de los adolescentes que huyen despavoridos, sirven de oscuro preámbulo para que la cámara tome distancia y observe el horror del momento sin sobredimensionar la muerte. Enseguida veremos uno de los momentos más logrados de la cinta. Los adolescentes han logrado sustraer el diario de la difunta y, reunidos en un desván, empiezan a leerlo intentando entender su vida, buscando los indicios de su fatal decisión. Esa curiosidad singular por espiar y aprender del sexo opuesto husmeando en su intimidad, es algo propio del crecimiento y, aunque ilícito, es mostrado con la candidez de la comunión. Su representación imaginaria aparece proyectada y, mientras ellos leen las palabras de Cecilia, los espectadores observamos seducidos, en una pantalla que se divide como en los comerciales publicitarios: prados iluminados, unicornios mitológicos y vírgenes danzando que se reflejan contra el cielo.

Cecilia es una niña artista que habla de árboles que mueren mientras su vida interior se va apagando. Su fantasma regresa a visitar todo aquello que tuvo algún significado en su vida terrenal. Curiosamente, no sólo se le aparece al padre sino también a algunos de los adolescentes que coleccionan sus recuerdos. La reja que le dio muerte será simbólicamente arrancada del jardín por todos los adultos del vecindario. El cura de la parroquia anunciará en casa de los Lisbon que la muerte de la niña no será consignada como un suicidio. El señor Lisbon se sumergirá en su silencio, sin poder exteriorizar su profunda tristeza y aferrado a su botella de cerveza mientras observa un juego de fútbol. El miedo se generaliza en una sociedad que niega y acusa mientras escuchamos declarar a los vecinos ante una cámara fija y, por la televisión, se reproducen estas escalofriantes estadísticas: “En Estados Unidos se producen 80 suicidios al día”.

Lux y Trip

Trip Fontaine (Josh Hartnett) es el típico chico popular que siempre existe en las escuelas secundarias. No sólo juega en el equipo de fútbol, fuma marihuana y conduce su propio auto, sino que también posee una belleza casual, de aparente descuido, y una actitud de desenfado ante la vida que lo hace seductor y poderoso. Trip siempre consigue lo que desea, es ésa su premisa de vida y es por eso que nadie puede tenerlo completamente. Coppola lo introduce en cámara lenta, haciéndolo desfilar por el pasillo con la seguridad del deseado. 

Trip encuentra a Lux de casualidad. Lux encarna, con el silencio de su mirada, todo lo que Trip no puede asir porque desconoce: su ambigua provocación, su erotismo exacerbado por la inocencia de sus ojos, lo enloquecen. Lux está en el proceso de humanizarse, de dejar su condición celestial y descender de su mundo de fantasía para intentar sentir. No sólo, de entre las vírgenes, es la más perfecta, sino, también, la más débil. Las reticencias de Lux para aceptar a Trip la hacen aún más deseable. “Era fácil con las otras chicas” recuerda un Trip alcohólico y calvo, entrevistado en el presente presumiblemente por el narrador, “ella era real”.

Las conversaciones sexuales entre los adolescentes suelen ser tan excitantes como idealistas. En el plano de lo real la pérdida de la virginidad es sólo ideal y sin complicaciones en las películas acartonadas de amor eterno. La noche de la gran fiesta de la secundaria, Lux y sus hermanas tienen el permiso de sus rígidos padres para ir con los amigos de Trip. Esa noche Trip y Lux son elegidos los reyes del baile y terminarán haciendo el amor borrachos sobre el campo de fútbol de la escuela. Trip desvirga a Lux pero no sólo sexualmente. Hay algo que esa noche se apaga definitivamente en ambos. Cuando Lux despierta, la mañana es azul y Trip ha partido. La escena está presentada admirablemente por Coppola, quien va alejando el encuadre para hacer al espectador partícipe de la desolación de Lux en la inmensidad del campo deportivo.   

El porqué abandona Trip a Lux tiene acaso algo que ver con el final de un sueño: Lux ya no existe más como un objeto inalcanzable (“Me gustaba mucho. Pero ahí fuera, en el campo de fútbol, fue diferente”) y, acaso, Trip tampoco. La pérdida de la virginidad es también la llegada de la adultez y, con ello, la de responsabilidades y compromisos.  La decepción de Lux la hará perder el control de lo más personal: su cuerpo. Sin amor, el cuerpo para Lux es una cosa maleable, ajena. La promiscuidad repentina e indiscernible que empieza a ejercer en el tejado de su casa, durante el encierro al que es sometida junto con sus hermanas, no es trágica sino superficial. No tiene que ver con un moral perdida sino con un corazón hecho trizas.

Los voyeurs

The Virgin Suicides es una película cifrada en el recuerdo, basada en las memorias de adultos que no pueden olvidar. Las Lisbon no existirían sin la nostalgia conmemorativa de esos muchachos cuya adolescencia fue marcada por su pérdida. No sólo era la atracción de compartir los sucesos que iban coleccionando e inventando mientras las espiaban con un telescopio casero como inexpertos voyeurs ; era también esa secreta alianza que entablaron en silencio para llevárselas lejos de su cautiverio y salvarlas de la muerte.

Hay un momento maravilloso en el cual ellos se atreven a llamarlas por teléfono. Cuando las hermanas contestan, los chicos ponen el auricular sobre un tornamesa y suena una canción que habla por ellos: “Hello, it's me…”. La comunicación se prolonga y es bidireccional: es una declaración de amor musical. Así desfilan los Bee Gees, Al Green, Carole King, Heart, Gilbert O' Sullivan. Esta acotación nos sirve para remarcar el notable trabajo de la banda francesa Air en la instrumentalización del filme. A lo largo de la película los melancólicos y oscuros sonidos espaciales de su música dan a la propuesta de Coppola ese aire poético, de ensoñación e irrealidad que exhala el filme. Le dan un color trágico y, al mismo tiempo, reflejan el aire tierno del despertar adolescente.           

“El verdadero tema (de The Virgin Suicides) es la pérdida y la idea de que hay cosas que ocurren en la vida sin ninguna explicación. La historia está hecha de memorias y fragmentos de memorias”  dijo Sofía Coppola. Las últimas imágenes de la película muestran una sociedad, tan divertida como falsa, que ha sepultado para siempre esa leyenda que hablaba de cinco hermanas hermosas que se quitaron la vida. Por qué se mataron las hermanas Lisbon es una pregunta que acaso no tenga respuesta. Lo que precisamente cuestiona esta historia es esa necesidad de toda sociedad por justificar, condenar o redimir todo aquello que no termina de entender y la fricciona internamente.

 

Publicado originalmente en la revista Caleta. Número 27 (2001).

 
 
 
 
 
AGENTE
Silvia Bastos
S.L. Agencia Literaria

Gerona, 24, 3º 2ª

08010 Barcelona - España

Tel.: (34) 932 654165

Fax: (34) 932 657610
 
CONTACTO

Diego Trelles Paz | diego@diegotrellespaz.com

 
Google

copyright © 2007 www.diegotrellespaz.com