Te envolverán mis sombras

El drama de los cineastas peruanos

 

El cineasta peruano no es un hombre lúcido. Cómo podría. Ha nacido en el país equivocado. Es un obstinado Quijote, un peregrino dispuesto a derribar cualquier escollo con tal de llevar a cabo su proyecto de vida. Su locura consiste en querer hacer películas en un país en donde ni siquiera existe una industria cinematográfica. Es como intentar ser médico en una ciudad sin hospitales. Y, sin embargo, ya lo puedes observar bregando, tocando puertas, aprendiendo el arte sutil de la rebaja, vendiendo ilusiones mientras hipoteca propiedades. 

Decir que no hay quien lo ampare sería inexacto. Existía un concurso de proyectos convocado por el CONACINE (Consejo Nacional de Cinematografía), gracias a la ley 26370 promulgada en el 94, mediante el cual se pensaba realizar 6 largometrajes y 48 cortos por año. En el papel se veía hermoso pero la realidad suele ser menos honesta. “Nunca la ley de cine se ha cumplido en los términos y cantidades estipuladas” afirma el crítico de cine Ricardo Bedoya. “Conacine ha hecho las cosas bien. Porque, ¿cómo convocar concursos si el Ministerio de Economía no le da dinero? Todo se reduce a una decisión del estado: cumplo o no cumplo. Y la decisión fue no cumplir, fue dar de a gotas el dinero”.

De manera que había que dejarle al azar la misteriosa finalización de los proyectos ganadores porque el estado sólo entregó un 15% de lo programado y en plazos antojadizos que aún no salda. Mientras tanto el cineasta se ejercitaba en el vano oficio de la búsqueda de inversionistas, viajaba al exterior sólo para contribuir con su guión a la edificación de rumas de proyectos que envejecían en las productoras europeas. Tranzaba, reducía costos, prometía sueldos a través de taquillas imaginarias de una película que ni él pensaba ya posible. Otros cineastas, encandilados por la drástica reducción económica que supone el soporte digital, emprendieron proyectos en solitario. Si algunos ya lo han logrado, es porque el cine genera una dialéctica en los grupos humanos en donde nadie exige mucho.  Finalmente, son ellos, los que aún viven o acaban de salir de esa experiencia amarga, mágica y edificante que es hacer cine en el Perú, quienes nos cuentan su propia historia.     

El destino no tiene favoritos

Alvaro Velarde nos recibe con su plato de avena y unas ojeras pronunciadas que delatan su lento calvario. Su película, El destino no tiene favoritos, una comedia de enredos que entrelaza realidad y ficción, se terminó hace un año pero no puede estrenarse porque le faltan 90 mil dólares para cubrir el tiraje de copias y la distribución. “La película la escribí en el 97. Gané el tercer premio del concurso del 98. Con lo que me daban no podía ni empezarla” recuerda Alvaro y sonríe, agotado pero optimista, recordando los tristes avatares de un pasado no muy remoto del que aún no asoma triunfante.

Su anécdota es terrible, fríamente entretenida, me habla de su estéril viaje por Europa, de su inexorable metamorfosis: de director a secretario, de secretario a porta pliegos y, así, en espiral descendente; de cómo Angie Cepeda, aquella colombiana obscenamente hermosa y turgente del taquillazo de Pantaleón, aceptó participar y, gracias a ello, pudo realizar el rodaje. Los problemas, sin embargo, no terminaron ahí: Alvaro fue tan osado como ingenuo, su película tenía un diseño visual puntilloso que no encajaba con la realidad demoníaca del tiempo en un rodaje. “Estaba desesperado. Cada día, cuando regresaba de filmar, me tenía que poner a replantear el guión. No fui realista”. Alvaro me enseña el trailer del filme y a mí me atrae. “La película es una realidad. Voy a hacer un esquema de beneficios que la hagan atractiva a inversionistas externos al cine. La ventaja es que ya está lista” me dice orgulloso, junto a su plato vacío de avena, esperando irónicamente que el destino lo elija.

Imposible amor

“Te lo tengo que hacer breve porque sino sería un libro” animado, agudo, Armando Robles Godoy rememora la travesía que supuso hacer Imposible amor, la película que significará su regreso al cine luego de 15 años. Después de haber ganado el segundo premio en el concurso del 98, no ha tenido problemas con el CONACINE aunque admite que el estado “no suelta el dinero a cuentagotas, sino a cuentachorritos”. El veterano cineasta filmó con una pequeña cámara digital. El transfer a 35mm. podría generar complicaciones en la imagen pero él les resta importancia. “El 50% de las obras maestras del cine estuvieron hechas con una tecnología que da risa”. Su principal aliciente fue la reducción de costos, “en mi presupuesto original la parte técnica ascendía a 34 mil 500 dólares. Con el digital, esa suma se redujo a la ridícula cifra de 540 dólares. Imagínate. Ahora puedo armar mi escena, pongo mi cámara, me voy a tomar mi café, descanso un ratito, regreso, digo ‘corten' y no pasó nada”.

El escollo menos amable estuvo relacionado con su salud. Ya había terminado de rodar, cuando le sobrevino una infección muy fuerte al colon, que lo mantuvo hospitalizado por 6 meses. “Si me hubiera ocurrido durante la filmación, ahí terminaba el proyecto” reflexiona y luego, nostálgico, añade “yo ya estoy jugando el sobretiempo, ya se me acaba el partido”. Me cuesta creerle. Veo a un hombre entero que me confirma que estrenará en octubre, que nunca para de hacer cosas, que ya tiene en el cajón el guión de una nueva película sobre la vida de su padre.  

Paloma de papel

Fabrizio Aguilar empieza a filmar el 26 de agosto y probablemente sea el último de los cineastas en utilizar los rollos de 35 mm. Paloma de papel, un drama ambientado en la sierra sangrienta de los años del terrorismo, recibió el tercer premio en el concurso del 2000, pero él ya sabía que el cineasta peruano debe sufrir, adelgazar, ser un poco demagogo y desconfiado con la realidad. Después de un año obtuvo el apoyo del Instituto Cubano de Industria Cinematográfica (Icaic), los mismos que apoyaron a Cartucho Guerra, quienes le ofrecieron una cámara y el revelado, pidiendo a cambio sólo un copia del filme. A través de la Comisión de la Verdad, que se interesó en el proyecto, Fabrizio pudo llegar a USAID, una empresa norteamericana que se comprometió a apoyarlo adquiriendo nada menos que 80 mil pies de película. Fabrizio ya nada en rollos. Su sueño recién empieza, pero él cruza los dedos para que no termine transformándose en una interminable pesadilla.

Días de Santiago

El caso de Josué Mendes ilustra de una manera maravillosa las ganas inmensas que tienen los jóvenes cineastas por tener la oportunidad de filmar. Ya me lo había dicho Javier Protzel, el nuevo presidente del CONACINE, como una opinión personal: “debemos promover a los cineastas jóvenes; un nuevo, necesario, cine peruano”. Y aquí tenemos al bueno de Josué, quien no tuvo mayor problema en pedir un préstamo bancario para financiar el rodaje de Días de Santiago. Cuando le pregunto cómo piensa pagarlo, él se ríe y me hace reír, confía en poder vender la película afuera, “nadie se va a morir. Se paga y listo. No hay cárcel por deuda, hermano”. Esta misma actitud positiva subyace en Juan Carlos Torrico quien en octubre del año pasado terminó de filmar su cuarto largo, Porka Vida. Su película fue filmada con la misma cámara digital que usó Robles Godoy. Torrico afirma no haber buscado la limpieza del celuloide porque le interesaba un cine de combate que representase lo que ellos podían hacer. Cuando le pregunto si es que acaso le teme al fracaso comercial, Torrico ni pestañea. “Hasta ahora sigo endeduado” me dice tosiendo “pero yo soy un cineasta y mi labor es hacer películas independientemente de si tienen éxito o no”. Antes de concluir la frase, lo observo y pienso con envidia que el cineasta peruano no es un hombre lúcido, sino admirable, hermosamente orate. “Lo único que cabe es la persistencia. Si quieres ser cineasta en el Perú siempre vas a tener problemas. Siempre”.

 

* Publicado originalmente en revista Somos (2003)

 
 
 
 
 
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