Beck

Sabor mix

 


Siempre he tenido la impresión, al verlo, de que es una de esas personas inauditas que no se encuentran nunca en el lugar adecuado, o que simplemente, nunca se encuentran. ¿Qué haría aquel muchacho, acostumbrado a cantar el viejo folk en el Al´s Bar de Nueva York en pleno intermedio de otras bandas, si de un momento a otro, las principales revistas especializadas del mundo entero osan denominarlo, el nuevo genio musical? “Una audiencia necesita que alguien se pare delante y sea un completo idiota” responde Beck Hansen con la misma cara de perdedor con que se mostraba al mundo entero en “Loser”. Y aquella generación, que muchos reconocen como X, puede encontrar de nuevo al vocero inconforme, al perfecto indócil que representa ese sentir de la juventud-nada mientras se va deshaciendo internamente.      

El chivo expiatorio ha vuelto para reconstruir nuestra apariencia nula o para transformarla. Y si antes hablaron de Jim Morrison, dijeron Morrissey, Ozzy Osbourne, Eddie Vedder y pretendieron esbozar el símbolo de Michael Stipe o de Bono. Bueno, pues, Beck Hansen, con dos discos notables, la sombra recargada de elogios de personas como Elton John, Noel Gallagher, Yoko Ono, Shirley Manson de Garbage o Gene Simmons de Kiss , y la influencia que personajes como Johnny Cash y Tom Petty han expresado sentir de él, se presenta con sus trazos de colegial fármaco-dependiente para decir hola . Es el nuevo símbolo en esta encrucijada semiótica de millones de dólares: un desadaptado innato, el héroe de los samplers y un cordón conciliador entre los incondicionales alternativos que parecen fenecer y los innovadores constantes que propugnan el advenimiento de una década de música tecnológica. El nuevo sacrificado en un ambiente donde los mudos y perdedores son los nuevos héroes, y donde todo el mundo se esfuerza por ser el símbolo de esa esterilidad contagiosa. Está al medio: las cámaras lo rotulan, los críticos lo aclaman y, sin embargo, tiene la sensación de que ha llegado tarde a algún lugar donde nunca lo llamaron y donde es el nuevo Dios de esta especie de secta de lo efímero que lo asfixia. 

Loser

Los Ángeles, la ciudad de lo híbrido, ve nacer a Bek David Campbell en 1970. Su familia de artistas lo instruye desde pequeño en la música. Sus abuelos le enseñaron el folk, su padre lo metió en el blues y su madre, miembro activa del movimiento de Andy Warhol y bajista del grupo punk Black Flag, lo instruye de ruido. Bek Campbell, al irse su padre de casa, cambia su apellido paterno por el materno y agrega una “c” a su extraño nombre. Su madre Bibbie lo era todo entonces, así que Beck deja la escuela, trabaja para comer y ayudarla y, mientras tanto, se recrea alucinando nuevos sonidos, construyendo melodías o robando algunas, y mezclándolas con arpegios propios.

En 1989, a los diecisiete años, se va a Nueva York. Compra una guitarra de 60 dólares, consigue dinero tomando fotografías y publicando folletines de poesía subterránea para costearse el viaje. Se instala en el Lower East Side de Manhattan. Curiosamente, se vincula al movimiento antifolk y es el espíritu materno el que lo lleva hacia las corrientes del punk rock y el hip hop. Limpia casas, canta en bares como “Jabberjaw” o “Al´s Bar” mientras compone canciones y se las muestra a sus amigos en pequeños demos que graba casi mensualmente. Utiliza, siempre, ese español que aprendió en Los Ángeles con sus amigos chicanos y boricuas. “Crecí en un vecindario donde el inglés era la segunda lengua porque la gente hablaba español. Siempre amé reinterpretar las lenguas”. Bajo esta perspectiva, llega “Loser”.

“Créeme, todo esto me llegó de sorpresa. Nunca tuve éxito en conseguir trabajo, chicas o cualquier otra cosa. Nunca puse ni un sólo cartel para anunciar mi actuación. Y hasta hace unos seis meses ni siquiera sabía que podían pagarrme por actuar”. Un alma diáfana posee Beck Hansen, casi incorruptible. Si bien, antes ya había lanzado material con dos sellos independientes : “MTV Makes Me Want to Smoke Crack” (MTV me da ganas de fumar crack) y “Steve threw up”, no era más que otro músico Underground de Los Ángeles que buscaba espacio en cafés o bares. Ahí lo conoció Margaret Mittleman, encargada de nuevos talentos de BMG (buen comercial ¿no?), y lo puso en contacto con los dueños del sello Bongload. Estos, a su vez, lo asociaron al productor Karl Stephenson interesado en el hip-hop y Beck Hansen pudo mostrarles una canción “rapeada” que había compuesto en la casa de su novia: “Soy un perdedor/ i´m a loser baby/ so why don´t you kill me” (loser).

La casualidad del éxito había tocado a Beck. Una grabación de cuatro pistas en formato maxi de la canción fue distribuida en universidades y sacada en un tiraje de 500 copias. “Loser” era el triunfo instantáneo del señor Hansen. ¿Qué ocurrió luego? Pues, lo propio. Geffen Records puso un cheque en blanco delante del aturdido Beck. Total libertad creativa, la posibilidad de grabar con otros sellos independientes y una jugosa suma, hicieron que llegara a un acuerdo con la transnacional. Por esta razón, por lo menos, cinco sellos han editado material de Beck: Flipside Record, Bongload, Sonic Enemy Records, Geffen y K Records. “Grabo mucho material y realmente nunca sé que es lo que voy a hacer con ello, si algo vale la pena o no. Pero como tengo mucho, siempre tengo la oportunidad de controlar qué es lo que edito” De este abundante material (que se estima en 70 canciones) nace el Mellow Gold . Y créanme, nadie esperaba que detrás de “Loser”, existiera tremendo álbum.

Mellow Gold es notable. Discreto y genial, opacado en su inmensidad por la sombra perversa de un “Loser” que  proyectó la imagen errónea de Beck, como el nuevo rapero blanco. Y es aquel éxito violento y la subida estrepitosa lo que dejó un rastro implacable que ni siquiera “Beercan”, el segundo sencillo, pudo rebalsar –aún siendo lo más representable en el sonido ecléctico del disco—. Vayamos por partes, porque al repasar el Mellow Gold uno tiene esa sensación dispersa de ir navegando en Internet o cambiando los canales de la televisión a una revolución frenética y totalmente pasado de vueltas. 

Si bien es el hip hop hablado, poco dinámico y de medios tiempos el que nos introduce a la cinta, la complejidad sónica fluye cuando la música parece reciclarse con inmensa naturalidad de ambientes que viajan por el folk, el blues y la música country, hacia los sampleos más desquiciados que (de)generan en hip-hop, punk, break dance (¡!), psicodelia, música disco o simples aullidos generados por su interminable caja de batería que lo construye todo. Parecería el experimento alocado del niño prodigio que un día decidió ser músico y que vivió encerrado en su cuarto con su máquina de efectos y una guitarra acústica. Así de insospechado resulta todo, luego de pasar por la decadencia sesentera en “Pay no mind” hasta sintonizar la distorsionada “Mutherf...er” como un quejido interminable resuelto de ruido. Beck Hansen tuvo la audacia casual de alumbrar en el año 94 un disco adelantado para su época; de visualizar las tendencias musicales y racionalizarlas con frialdad dentro de un espectro compatible en todo ámbito y bajo cualquier perspectiva. En un altar con rosas virtuales deben quedar grandes temas de audición eterna como “Fuckin with my head” (Cuando quieras estar conmigo/ tendríamos que ver/ quién está tirando con mi cabeza),  “Whiskeyclone, Hotel City 1997”(Ella puede hablar con ardillas/ regresando del hogar de convalecencia/ mirando fijamente los carros deportivos/ llorando) –ambas, personalmente, me hacen preguntarme por los Doors y los ácidos, por Morrison y sus melodías en el límite de la lucidez y el deterioro— y “Beercan” (game show suckers trying to bleed/ but i got the drug and i got the bug/ and i got something better than love) bajo la influencia inconfundible del “ base ” de Los Ángeles, el hip hop y un recurrente dance que la colocan un peldaño más arriba que el globalizado y explotado “Loser”.

Satán me dio un taco

“Nunca pienso en sí esto lo voy a grabar para unos o para otros. Siempre estoy grabando, sin que tenga que haber un disco en mente, sólo canciones. Las canciones tienen un magnetismo entre ellas que las una en forma de discos”. Interminable es Beck Hansen y eso lo demuestran las dos producciones que ese mismo año salieron para sellos independientes: Stereopathetic Soulmanure (Flipside Records) y One Foot in the Grave (K Records). Ambos discos irregulares, formados a través de paranoias en forma de canciones que Beck mantenía almacenadas en sus cassettes demo. “Stereopathetic Soulmanure” contiene 21 canciones (prolífico, el puta), entre ellas, un pequeño tributo a Ozzy Osbourne llamado simplemente “Ozzy” y la  trastornada “Satan gave me a taco” que expresa la ligera fascinación que despierta la figura del demonio terrenal en las líricas de Beck (Satan me dio un taco/ y me dejó realmente enfermo/ el pollo estaba crudo/ y la grasa totalmente espesa). “One Foot in the Grave” tuvo como uno de sus colaboradores a Chris Ballew (bajista y cantante de ese esperpento llamado Presidents of  U.S.A), presenta 16 canciones y en él se puede rescatar ese tema que Tom Petty incluyera en su último álbum como cover de Beck: “Asshole” (Ella haría cualquier cosa/ haría cualquier cosa/ por hacerte sentir como un imbécil).

Llega el 96 y luego de dos años de aparente ausencia llega Odelay . Inicialmente proyectado para llamarse “Robot Jazz” y luego reformado a “O-ra-le”(palabra extraída del vocablo mexicano y reproducido por sus amigos en California), un descuido del ingeniero de sonido en los estudios de Silver Lake Hills, en donde se grabó el disco, produjo una deformación hacia “O-de-lay”, y bajo ese nombre fue sellado el disco.

Producido por John King y Michael Simpson, los Dust Brothers (mundialmente famosos por llevar a la cumbre a los Beastie Boys en el recordado “Paul´s Boutique”). Beck Hansen logra, contra todo pronóstico, dar dos pasos adelante y salir completamente airoso en esta segunda esperada entrega. Quizás sea ese toque experimental y calmado que introduce el pop, el antiguo folk y el blues, la vieja escuela psicodélica, el hip hop sobre una base amplia de experimentos sónicos implementados de sampleos (¿Trip-hop?, disculpen mi ignorancia pero odio este término, ni siquiera lo entiendo). Un disco que reduce en revoluciones más no en lucidez a la hora de complementar la evolución de la música, combinando futuro y tradición de forma tan sugerente y, aparentemente, fácil. Regresa el antihéroe con una nueva producción bajo el brazo, unificando la brecha existente entre los “chicos Tricky” y los eternos Seattle: la desazón no es motivo preciso para no llegar a un acuerdo en cuanto a Odelay, sinceramente, un disco grande.

Una experimentación furtiva que le tomó 18 horas diarias en un cuarto con una caja de baterías, diversos instrumentos y efectos,  lo llevaron a descubrir la corriente alterna del jazz y el hip-hop en canciones como “High 5” o “Derelict”. Es la sombra de un sonido gravitante que reclama, como en “Where´s it At”, la formación de un espacio nuevo “un poco más arriba del camino” donde “se tienen dos tornamesas y un micrófono/ y la cabeza es de plástico” (“Where´s it At”). La ironía hacia el rock es latente, Beck se burla todo el tiempo de un pasado perdido al que admira: “Something's wrong cause my mind is fading/ Ghetto: blasting disintegrating/ Rock n´ roll, know what i´m saying/ and everywhere i look there's a devil waiting (Devil's Haircut). Quizás los coqueteos acústicos, tan fértiles en el Mellow Gold , de “Sissyneck” (I got a stolen wife/ and a rhinestone life/ and some good old boys) y “Ramshackle” puedan definir en algo una propuesta que va más allá de cualquier parámetro arbitrario que probablemente peque de errado o inexacto.

La corriente Hansen sobrepasa lo simplemente audible, incorpora un lenguaje nuevo que reclama la presencia de nuevos sentidos. “The New Pollution” y el festejado “High 5” son una pequeña muestra del rumbo que la música pueda estar siguiendo a partir de la nueva década. Beck Hansen, el caudillo, el ovacionado vocero, el nuevo Dylan que parece unificar, por primera vez, los gustos de ingleses y norteamericanos por igual, está al frente y es a partir de él que podemos descifrar un futuro que aparece como incierto y poco confortante para la música. Que me disculpen los tecnológicos ortodoxos y los modernos prematuros pero somos pocos los que, hasta ahora, estamos preparados para el gran cambio. Será momento, quizás, para que una nueva entrega de Beck Hansen nos saque del aturdimiento y nos unifique como escena.

 

Publicado originalmente en la revista Caleta. Número 17. (1997).

 
 
 
 
 
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