Los Fabulosos Cadillacs

Sobre nuestros cadáveres

 


Nunca antes, tanta presión y desconcierto. Nunca antes, el desorden y la muerte, casi de la mano, como una fiesta eterna en el día de los muertos y la música impertinente, en clave de nada, confusa y olvidando, a propósito, los viejos arpegios, los mismos de siempre, los condenados al extravío involuntario. Los Fabulosos Cadillacs es un grupo valiente. Qué orgulloso me siento de escribirlo. Ha terminado de sonar su último disco, Fabulosos Calavera, Sergio Rotman se ha ido del grupo, como siempre, y tengo una sensación punzante que me obliga a poner de nuevo play y a sentir el cosquilleo ruborizado del orgullo ajeno. Nada complaciente, sensación extraña y complicada, los Cadillacs no quieren sonar en radio, pienso, piensa, “Rotman se ha ido” y este artículo se complica del todo, como lo hace el Calavera cuando el que leyó Cadillacs en la tapa del disco, se da de bruces contra el suelo al escuchar “El Carnicero de Giles”. Los Fabulosos Cadillacs, grupo valiente, nunca antes tanta presión y desconcierto. Nunca antes.

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Fabulosos Calavera me trae al recuerdo un capítulo extraño de la novela Sobre héroes y tumbas del notable escritor argentino Ernesto Sábato. Y no es sólo ese intento conchudo, de mi parte, de introducirlos al presente artículo, bajo la premisa fácil de saber que Flavio Cianciarulo —bajista y uno de los compositores de la banda—, dedica una canción al escritor y que su admiración es grande, casi reverencial, al igual que lo puede ser la mía y la de muchos de aquellos que sufrieron un cambio en su vida luego de cerrar el perturbante libro de Sábato pensando en Alejandra Vidal-Olmos y en el Informe de los ciegos que salvará el mundo. No es sólo eso. El olor a muerte que destila el álbum golpea a la cara sin contemplaciones, abofetea sin vergüenza. Vuelve el vértigo que siente el que lee al saber el destino irreparable de esos dos, hombre y mujer, que quedaron atrapados en el ascensor y terminaron devorándose de hambre y de horror. Irremediablemente, cae el sabor a entierro sobre el paladar y hace frío, y llegan las preguntas.

¿Cuántos de ustedes se ha preguntado por la muerte? ¿La fecha, la hora, el momento exacto en que se cierran los ojos o se abren por siempre? Los Fabulosos Cadillacs terminaron con la fiesta o, mejor dicho, la fiesta se tiñó de negro con la llegada de Fabulosos Calavera, el álbum del cambio, el disco esperado por aquellos pre-fanáticos que no podíamos soportar otra versión disfrazada de “Matador” sin sembrarnos serias dudas. Porque, sí pues, los gauchos no suenan igual. Hablábamos de valentía y uno no puede dejar de sentirla al escuchar los cambios radicales que cada tema contiene, con una fuerza bárbara y el aparente sin sentido de no darle treguas al oyente.  “En este disco ningún ritmo tiene nombre, no podés decir ´esto es tal cosa´, son canciones, cosas raras con muchas partes” refiere Vicentico y cuánta razón tiene. El cambio, sin embargo, no vino sólo. El grupo no es el mismo, los años no han pasado en vano. Existe un antes y un después del Fabulosos Calavera . Hablemos, primero, del antes.

Los Fabulosos

1985 corría por Buenos Aires sin respetar las señales del tránsito, avanzando a paso firme, una correntada de bandas gauchas invadía el mercado sudamericano, dejando sin lavar los trastos sucios de una guerra inventada y perdida, con dolor en los huesos y sin llagas. 1985, te hacen falta vitaminas , estoy verde y la locura de Charly acentuándose, luchando contra su genialidad irreverente. Los Cadillacs , chiquillos de barrio, fanáticos de Madness the Specials , dos grupos ingleses que practicaban el Ska de los vientos y la alegría contagiosa; los sombreritos de paño atravesados por una cinta y los trajes, negros o blancos, con corbata y un par de shorts rozando las rodillas. Nueve en total, no me pregunten sus nombres.

Fue en un festival de dos jornadas denominado Subterock, que se realizó en el local Palladium al año siguiente, que los Cadillacs consiguieron concitar la atención de la gente: torpes, tropezándose entre ellos, sin entrar en el escenario y desafinando, los gauchos se llenaron de ruido y se llevaron al público a fuerza de caos y desorden. Eso fue suficiente para que el auditorio les prestara atención, había madera que faltaba pulir y eso fue suficiente para lograr un contrato con Interdisc . Nació Bares y Fondas

Bajo la dirección artística de Daniel Melingo es que nace el primer crío. Diez temas y el éxito lo reporta un tema llamado Silencio, Hospital de letra, digamos, algo primariosa ( silencio dijo un rasta/ silencio en Africa/ silencio en Argentina/ silencio entonces, no! )  y un sonido apegado al reggae más festivo, influencia directa del legado rasta jamaiquino. Más interesante y desgarradora resulta “Basta de llamarme así” donde la voz aguardentosa y perturbada de un pelirrojo Gabriel Fernández Capello (Vicentico) expresa, acertadamente, una sensación de desgarro (¿o destierro?) y fluye esa mezcla de dolor y festejo que caracterizará la fiesta Cadillacs en el futuro. Alberto Olmedo, el cómico mañoso, canta en broma Silencio, Hospital . Buen inicio.

“Yo te avisé”, su segunda placa editada en el 87, es, quizás, el disco que más satisfacciones brindó. Los Fabulosos iban cementando un estilo que combinaba la denuncia social en las líricas, con sonidos festivos, de carnaval eterno. Vicentico le cantaba al pueblo argentino sobre las miserias de su sociedad en clave de fiesta y las letras ya adquirían la madurez suficiente para olvidar la intrascendencia. Yo no me sentaría en tu mesa, por ejemplo, surge de una pelea entre Vicentico y el radical Jesús Rodríguez por el tema de los indultos a los genocidas del proceso militar (contextualizando - made in Perú: ¿alguien recuerda la vergonzosa Ley Cantuta, hace algunos años, en el congreso?): Ya no podrás mirarnos a los ojos más/ nosotros somos amigos, vos qué sólo estás/ por más que quieras tapar toda nuestra voz/ nunca podrás callar esta canción canta sin rabia o, mejor dicho, con una rabia alegre, cachosa y despectiva. “Es una letra para cualquier músico de rock con ese sentimiento hacia la gente que te hincha las pelotas y te critica sin entender nada. Sale de estar podrido de que  te rompan las pelotas, por eso al final dice ´Nunca podrás callar esta canción´. Y eso es: Nadie nos pudo hacer callar, ni podrá”.

El genio del dub, Yo te avisé y Mi novia se cayó en un pozo ciego se convierten en las canciones cartel de los Cadillacs. La gente las baila sin atisbar el fuerte contenido de crítica social que llevan (En cada hogar donde el mundo se acuesta/ en cada hogar donde el mundo despierta/ sentís la lucha crecer y crecer/ sentís la muerte crecer y crecer—“El genio del dub” ) y la frustración se convierte en celebración, parece una alegre parodia de la desgracia la que estos gauchos, con sus trazas de colegiales, obsequian. La música, por su parte, aparece híbrida aunque siempre encuadrada bajo los patrones festivos del reggae básico de tres acordes: a partir de esta premisa surgen los ritmos afro-latinos apoyados en el buen trabajo de los vientos; el ska, puntual, sin siquiera rozar el punk o la agresividad disonante que, años después, nos regalará un notable Rey Azúcar. Los Cadillacs inician una gira por todo el norte de Argentina, el disco fue presentado oficialmente en un recital en el estadio obras en el mes de Junio. Después de Obras parten en una gira Latinoamericana que los trae por nuestras tierras a donde tocan en el recordado concierto de la Feria del Hogar, hasta la fecha, el concierto que menos complicaciones tuvo de todos los realizados aquí. 

Cuando llega El Ritmo Mundial, tercer disco de la saga, los Cadillacs ya van haciendo general un padrón que va a multiplicarse con funesta precisión en todos sus trabajos previos al Rey Azúcar : la celebración del reggae ahora incorporando nuevos ritmos antes ensayados y dejados en esbozo, la salsa, el merengue, la cumbia, el son; la acertada invitación de grandes personalidades de la música caribeña para participar en algunas canciones (Celia Cruz, en este caso); la, no tan sana, manía de repetir canciones ya antes escuchadas en entregas anteriores; los covers de rigor que traducen las canciones de sus compositores favoritos (Twist y Gritos de Los Beatles para El Ritmo ...) y, por supuesto, la eterna danza de la alegría donde es imposible deprimirse con un cassette de los Cadillacs.

“El ritmo mundial - La revolución del rock” (1988), salvo por la extraordinaria canción Vasos Vacíos que interpretan los Cadillacs con Celia Cruz y el cover de los Clash, Revolution Rock , no es, a mi gusto, uno de los mejores discos de los Fabulosos. ¿Qué ocurría? Simple y cotidiano: las fórmulas cansan, la evolución se quedó en cero, los Cadillacs se copiaban a sí mismos, la revolución se había quedado impresa en la tapa de los discos. “Le pusimos ´El ritmo...´ porque hay muchas cosas distintas entre sí, pero todas hechas por los Cadillacs. Pusimos un poco de percusión electrónica, las baterías suenan fuerte y hay mucha base. Vasos Vacíos es una canción lindísima que tiene un toque mucho más romántico al ser cantada a dúo con Celia Cruz” pensaba Vicentico y razón le damos, Vasos Vacíos puede, tranquilamente, justificar la presencia de este disco. Y es que su vitalidad genera una necesidad intrínseca para salir a bailar y disfrutar del sabor ( Siempre habrá vasos vacíos/ con agua de la ciudad/ la nuestra es agua de río/ mezclada con mar ) y Luciano explicaba lo alucinante que fue trabajar con esa señora del son llamada Celia Cruz: “Lo hecho con Celia fue lo más profesional que jamás haya visto; en menos de una hora metió dos temas y no habíamos ensayado antes ni nada. Ella fue al estudio, escuchó los temas, le dimos las letras y en seguida se puso frente al micrófono para cantar. Encima, inventó unos arreglos que no se podían creer”. Un disco correcto, sin duda. ¿Qué más puedo decirles? Aún faltaba mucho.

Los Cadillacs tocando para  voz   repite El Satánico Dr. Cadillac , canción emblema de su cuarta placa que llevó el mismo nombre y que tuvo la expectante colaboración de dos grandazos del rock argentino: Andrés Calamaro y Ariel Rot. El disco sale en 1989 y fue grabado entre Setiembre y Octubre en los Estudios del Cielito. Al poco tiempo de su edición, los Fabulosos presentan la que es, quizás, una de la más importantes entregas de su carrera: el llamado Volumen 5 .

¿Y qué tenía de diferente este disco? Mucho, en realidad. Una madurez repentina en las líricas que reflejaban ahora las dudas y sinsabores de muchos de sus más representativos integrantes: crecían las largas trenzas de Sergio Rotman y asomaba con firmeza la pronunciada calvicie de Flavio Cianciarulo: de su cabezas disímiles nace Los Olvidados , canción imprescindible para entender esta pequeña metamorfosis que no abandonó la percusión latina y que, además, introdujo dosis ligeras de hip hop y funk que dieron a los temas una fuerza impresionante: Cristo tiene el mismo nombre que Jesús/ pero nunca aprendió a soportar su propia juventud/sentado en cualquier bar/ bebiendo hasta caer/ dice que es lo único que sabe hacer (Los Olvidados). Demasiada Presión , una salsa bárbara con una excelente percusión, se transforma en el tema básico de la placa. No trascienden, sin embargo, temas bien trabajados como Radio Criminal o Electrasonic V, ni siquiera la versión que hacen del Miss You de los Stones . Por cierto, Luciano Jr. abandonó la banda y, al poco tiempo de este sorpresivo alejamiento, sale un EP de cuatro temas titulado Sopa de Caracol (1991). Este maxi contiene un Megamix LFC   que es un enganchado fiestero de varios de los hits del grupo, una nueva versión de El genio del dub y una nueva canción que es la que le da el asqueroso nombre al disco. Al igual que el disco anterior fue producido con Walter Chacón (conocido por sus trabajos con Calamaro) entre Setiembre y Octubre en los estudios Panda.

Después de un par de shows en EEUU a principios de Marzo, lo primero que hicieron fue conectarse con el productor K.C. Porter, para la elaboración de lo que sería su séptima placa. Antes de entrar a grabar, intervienen en el festival Rola 92´ de México junto a Mano Negra, los Paralamas y Titás. Llegaba la hora de “El León” con la entrada de Toto Rotblat en la percusión y la salida de Naco.

Alguna vez escuché decir (o leí, creo) que con El León (1992) se inauguraba una etapa de fusión total en la era Cadillacs, donde la música  no tenía fronteras, se globalizaba sin importar identidad o nación y constituía una especie de rock mestizo, un lenguaje multicultural donde las líricas asomaban bajo la sombra social de la denuncia ante la sordera y el abuso externo (discurso antiimperialista, le dicen). Y.... bueno, sí, ¿no?: si bien la mezcla es latente, su forma no aparece incierta, sigue los patrones ya antes cabalgados por el paradigma Cadillac. Es un álbum de cruces perfectamente ensamblados: ritmos latinos como la salsa, el merengue y el bolero se suman a los típicos ritmos Cadillacs, el ska y el reggae, sin complicaciones, sin perder su linealidad característica ni su excesivo festivismo. “Todo este montón de estilos está pasando por el tamiz de los Cadillacs. Lo importante no son los estilos sino las cosas que las canciones propongan. Nosotros no tratamos de encasillarnos en algo, hacemos la música que nos gusta” agregaba Vicentico y pienso, entonces, que El León es ese gran álbum que a estos oídos agrada cada vez que suena, pero que no llega a definir esa revolución musical que los gauchos anhelaron tanto desde los tiempos de El Ritmo . Quizás, sí, reacomoda, pule, reafirma lo antes demarcado con clase y a través de una madurez que, poco a poco, estaba olvidando un pasado convulso. Basta escuchar su versión de Desapariciones , el tema de Rubén Blades, para entender lo que los Cadillacs iban descubriendo, sin prejuicio, el sabor latino, las características de la música popular como el bolero ( Venganza ), la salsa ( Manuel Santillán ) o el merengue ( Gitana ). “Lo elegimos porque Blades nos gusta mucho y porque la letra es muy clara y contundente, habla de lo que pasó en muchos países de Latinoamérica y, especialmente, acá”. Vicentico se refiere al asesinato de muchos de los borrados de la tierra, bajo regímenes del terror instituidos por las llamadas fuerzas del orden. ¿Quién ha olvidado la barbarie? Argentina, Chile, Perú, Panamá. Los Fabulosos le cantan  al dolor y denuncian lo indecible en son de júbilo por la muerte, por dilucidar lo macabro y la forma estúpida de la irracionalidad de las personas que llevan el gatillo entre los dedos. ¿Quién ha olvidado la barbarie? ( Que alguien me diga si ha visto a mi hijo/ es estudiante de medicina/ se llama Agustín/ y es un buen muchacho/ a veces es terco cuando opina/ lo han detenido no sé que fuerza –Desapariciones-- ).

Los Cadillacs construyen un comentario cada vez más definido de las realidades del continente, rompen las fronteras, en tanto, describen una realidad uniforme, una tragedia prepotente que enluta todos los países y la forma de su desgracia, tan alejada de la democracia : Lo curioso es que antes de morir/ el león Santillán pronunció palabras/ ante los oficiales que desconcertados miraban y les dijo:/ Queridos enemigos de siempre, dejo este mundo de dolor/ nunca se olviden que ya toda la gente va hacia el mar (Manuel Santillán, el León). Al igual que esta canción (que lleva dos versiones : una en clave reggae y la otra en salsa) destaca la contundencia de Arde Buenos Aires, el reggae entrañable de Siguiendo la Luna o El Aguijón y el fulgurante ritmo de Gitana. En suma, un álbum intenso, prolífico, cargado de vitalidad y con la lucidez de los que crecen con el tiempo. ¿Qué es lo que les faltaba a estos gauchos para ser considerados los reyes de América? Muy poco, en verdad, quizás aquello que hacía unos años se les dio por llamar con arrogante vehemencia y bajo el aliciente de un sueño: la revolución del rock.

Vasos Vacíos (1994), su placa más exitosa hasta la fecha, es el comodín indicado para el respiro, una acertada recopilación de los 8 años del grupo que vendió 250,000 copias, repletó el estadio Obras durante varios conciertos y logró ganar el mejor video del año para la MTV por su canción Matador . El disco reúne viejas versiones y reinterpretaciones de la obra de los Cadillacs, además de dos canciones  nuevas :  El Quinto Centenario (de la que Sergio Rotman comentaba:  “V Centenario está dedicada a los 500 años de la conquista de América pero negándola. Es algo que ya pasó pero a nosotros nos sigue pegando... mataron a todo el mundo y se celebró como si fuera una fiesta”) y, por supuesto, todo lo que significó Matador: “Una samba-reggae que hizo Flavio y que tiene que ver con un viaje que hicimos a Brasil. Nos encantó descubrir a fondo esos ritmos y mezclarlos con una letra porteña”. Letra increíble, por cierto, quizás la mejor que les haya escuchado aunque su fama, en algo, haya degenerado su fuerza: Viento de libertad/ sangre combativa/ en los bolsillos del pueblo la vieja herida/ de pronto el día se me hace de noche/ murmullos, corridas/ aquel golpe en la puerta/ llegó la fuerza policial —léela de nuevo, al bailarla pareciera que no tuviera esa rabia tan desesperada—.

Es por esta fecha que los Cadillacs regresan a Lima y tocan en el accidentado concierto del Zalonaso. Los periodistas locales, tremendos gilazos, comentaron que el concierto de los Cadillacs había sido un caos total, que no se le escuchaba a Vicentico y que la gente se subía al escenario (cosa que es cierta) y esto a los gauchos no les gustaba  (lo cual no es del todo cierto). Cierto o no, no tuvieron una gran repercusión y eso preocupaba porque acá los vivazos de las radios les habían perdido el rastro desde Yo te Avisé y, bueno, la gente que fue sólo pidió Matador y uno que otro temita más. Lo del Cusco, por cierto, acusó cansancio, falta de aire, los mismos problemas que, esperamos, el 21 puedan resolverse con los 8 en el escenario y la revancha servida.

1995 da a luz el álbum en vivo de los Cadillacs y, entre otras cosas, incluía Desapariciones de Blades enganchada con Río de Lágrimas del mismo. Al mismo tiempo se edita aquella placa que, finalmente, anunciaba aquello que habíamos esperado con ansia : el atrevimiento, la inclusión de cambios y medios tiempos donde tuvieran cabida los ritmos que habían ido incorporando al lo largo del camino (ska, reggae, calypso, cumbia, bolero, salsa, son, etc.) con sonidos, más bien, disímiles como el punk o pequeños alientos con tufillo hardcore. Es así como nace el fabuloso “Rey Azúcar” y basta escuchar la que, personalmente, considero la mejor canción de los Cadillacs  y que está inspirada, bajo la letra del incansable Flavio, en el libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano , Las venas abiertas de América Latina, para comprobar con júbilo nuestra expectante aseveración (Despierta aborigen/ responde a tu origen/ las venas abiertas del sabio chaman). Vaya, sí que podían ser grandes de verdad: se olvidaban los gorritos, se distorsionaban las trazas y surgía con vigoroso aliento el grito de Vicentico, el descontento que dejaba de ser alegre y la inmensa sombra de un Sergio Rotman que podía construir canciones como Ciego de Amor u Hora Cero (Todos mis hombres se han rendido menos uno) que demuestran que el pelucón de los pelos rasta va a hacerles mucha falta ahora que partió de la banda (che querido, ¿por qué te fuiste?).

No me he olvidado, por supuesto, de Mal Bicho y todo lo que trajo consigo: la colaboración de, nada menos que, el ex-Clash, Mick Jones en voz, guitarra y líricas, y la repercusión tremenda que tuvo la canción en todas partes y que elevó la figura de los gauchos como acto imprescindible dentro de la escena latina. Mal Bicho es, sin duda, el cierre de un exitoso ciclo que comenzó con El León y tuvo su pico más alto en Matador (¿acaso miento si afirmo que las tres tienen un curioso parecido?). “Rey Azúcar” también traía una deliciosa versión del Strawberry Fields Forever de Los Beatles cantada por Vicentico a dúo con la ex-Blondie, Debbie Harry, y la colaboración del rasta Big “ Jah ” Youth en tres canciones reggae, Queen from the Guetto , Raggapunky party rebelde y No pienses que fui yo. La salsa fluye con naturalidad, Blades ha enseñado con creces a explotar el ritmo sabroso con desenfado en canciones como Reparito y Padre Nuestro ( por eso quiero ver amanecer / para que alguien se quede aquí/ para saber si sigo vivo ).

Los Cadillacs, entonces, ¿los reyes de América, no? Quizás, quizás. Gran disco y luego la espera y luego la forma de adivinar si aquella madurez podrá alcanzarles, o no aprendieron las lecciones del pasado. Afortunadamente, dos años después, con la salida del Fabulosos Calavera puede uno afirmar, como al comienzo del presente artículo y con orgullo presente y ajeno: Los Fabulosos Cadillacs son un grupo valiente.    

Las Calaveras

Los Cadillacs hicieron muchas cosas de vital importancia antes de expulsar el Calavera al mercado: una gira  por Europa donde comparten escena con los Red Hot Chili Peppers, Cypress Hill y los acabados Sex Pistols; la colaboración en el álbum benéfico de Red Hot & Latin con el tema de Tom Jones, What´s New Pussycat , y junto a los negritos payasones de Fishbone;  la grabación de una canción en el disco homenaje de The Clash y la incorporación corrosiva de Ariel Minimal en la guitarra, en reemplazo del eterno Vaino quien ahora es el manager del grupo.

Las Bahamas fue el lugar escogido para grabar el disco, otra vez con KC Porter como productor. Pero, ¿y qué podía ofrecernos el Calavera después de dos reconfortantes años de reposo? Cuando escuchamos una pachamanca deliciosa de punk, ska, samba y rock llamada El Muerto, nos dimos con la respuesta en las narices y la excitación nos cubrió de cuerpo entero. Parecía increíble que su agotadora búsqueda por una identidad propia resultara, después de tantos años de carrera, la más acertada, lúcida y fresca que grupo alguno haya realizado en años. Y ahora sí se aprecian ensamblados y compactos, la absorción de ritmos, la mezcla alucinante y nada complaciente de todo aquello que sea ruido o se le asemeje, los cambios y los medios tiempos con una brutalidad ruptora, juguetona y excitante que no otorga treguas, ni respeta nada, ni a nadie. Llega el momento de voltear la página y observar ese otro lado que, antes, apenas rozaban con los dientes y que ahora se vuelve tan cotidiano y complicado: la fiesta del muerto, el ritmo de la procesión y el ritual de los villancicos y el luto eterno.

Qué importante fue la entrada de Minimal, para destrozar esos odiosos tres arpegios que suelen usar las bandas reggae para crear ritmo. El ritmo, en este disco, va en zig-zag, nunca dibuja una línea recta. El Muerto es un vivo reflejo de aquello: ritmos afrolatinos, tambores y percusión invadidos con violencia inusitada por la distorsión de las guitarras y, de forma increíble, el acompañamiento insolente de los vientos con una rapidez vehemente. Los cambios contienen hasta cuatro ritmos por canción y lucen en cada uno la habilidad de las teclas, el redoble de los tambores, las dos voces inseparables que, a veces, cantan, a veces, gritan y, a veces, no hacen nada construyendo con silencio. Las líricas, por su parte, encuadradas, en una mezcla de curiosidad, asombro y júbilo, hacia el tema de la muerte, del infaltable Dios Calavera y la celebración de los rituales: ( Acá crecí y morí/ antes el barrio no era tan violento/el muerto confiaba en su gente y en calavera –El Muerto— ). Otra cosa importante, quizás vital, es la forma desenfrenada en que los gauchos le han dado al hardcore más perturbante en canciones como El  Carnicero de Giles (donde la voz de Flavio parece haber salido del infierno --¿has estado escuchando Napalm Death, pibe?--) y esa misma contundencia con la que pueden abrir el espectro hacia el más refinado jazz, hacia la inefable salsa que, esta vez sí, pone al relieve el sello personal del gran Rubén Blades quien canta y co-escribe Hoy lloré canción (Quien duda de nuestras canciones/ duda de nuestro corazón) ; la aparición sorprendente del tango y esa nueva dimensión que adquieren los  sonidos clásicos  del ska y el reggae cuando sus esquemas principales son completamente desalineados con una velocidad contundente.

“Siento que hay un cambio importante. No sé si un gran cambio pero crecimos mucho como compositores. Nos dimos mucha libertad para hacer lo que fuera” dice Vicentico. Y, claro, no se puede negar esta libertad si uno escucha un reggae-hardcore como Surfer Calavera (uno de los mejores temas de la cinta) y luego es regresado del trance bajo la parsimonia de un tema que parece un susurro, el llanto de Vicentico hacia la muerte de A Amigo J.V . ( Éramos cachorros sueltos y/ fuiste cercando la reja ). Los referentes culturales no resultan extraños esta vez y para ello contribuye mucho la admiración personal que despierta la figura del músico Piazolla o la del escritor Ernesto Sábato a quienes dedican temas con nombre propio porque “Piazolla y Sábato nos encantan, simplemente” en palabras del compositor de ambas, Flavio Cianciarulo.

Y esa inmensa canción que es Sábato , entonces, trae a mi mente, de nuevo, la figura encorvada del señor de mostachos blancos, imponente, refugiado del dolor del resto en la casa de Santos Lugares y esos dos adolescentes inmensos, con cara de niños avergonzados por la omnipresencia del Dios que admitía escuchar los Beatles y les preguntaba por qué su grupo llevaba el nombre de un carro tan antiguo (Somos una mezcla de pecados y santidades/ del infierno exquisito y los cielos/ te podría matar sólo por los celos –Sábato).

Nunca antes. Qué difícil digerirlo sin mirarlos por debajo, empequeñecido. Fabulosos Calavera, gran patada en el culito, “el futuro del rock n´ roll” en palabras de la revista SPIN que coloca el Calavera entre los diez primeros lanzamientos de los últimos meses; pienso, piensa, ¿dónde queda Rotman?, escucha Amnesia aquella canción que escribió antes de irse y que tiene mucho de aquello que hace ahora con su banda Cienfuegos, vuelve el vértigo, el cansancio, la desidia y, entonces, la fiesta termina y la gente se indigna porque nadie ha bailado y lo preguntan Flavio, en Lima, cuando pidan Matador y les toques la del Carnicero y les digas que aquella noche leíste a Ernesto Sábato y te preguntaste por ella , tan grave, tan difícil aceptarla sin dejar caer dos lágrimas y el desprecio y la boca de miedo pensando en que sólo ella logró aquello que defiendo con orgullo: Los Cadillacs, grupo valiente, nunca antes tanta presión y desconcierto. Se los juro, nunca antes.


Publicado originalmente en la revista Caleta. Número 18. (1997)

 
 
 
 
 
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