El otro yo

Mundo

Besótico Records, 1995

 


Sin pelos en la lengua y sin nada que decir. Con la sinceridad insana de adolescentes lampiños que si pudieran dedicarse todo el día a joder la paciencia mientras se rascan las bolas, gustosamente lo harían. Frescos, muy frescos. Divirtiéndose tocando, sin complicarse la existencia con rollos políticos, ni melodramas existenciales. Así son los chicos de El Otro Yo. Rapidez frenética, desquiciada, abrumadora y poco complicada; gritos que son melodías y canciones que sólo se componen de balbuceos semi mutantes, que no duran más de tres minutos. Suciedad/limpidez + pesadez/ligereza + aspereza/ suavidad: todos lo contrarios hechos un sólo alarido de cincuenta y dos minutos sin silencio, con separadores que hasta tienen nombre propio (Maikol Yaxon, es uno de ellos). Cachosazos. No hay adjetivo más propio para grupos como éste, con esa forma tan particular de expresar su descontento: rompiendo todas las normas que puedan quebrantarse, gritando desde el fondo de las entrañas que les importa un pito los problemas del resto y que la música (lenta, rápida, de cabeza o abierta de piernas) es la misma huevada con tal de botar lo que por dentro se convierte en una inquietud rebelde. Sin complacencias (qué duda cabe) y, por sobre todo, con una frescura original y primigenia, que destila una improvisación saludable, casi virgen. Y es que si esta mezcla no está pita es porque me trae a la memoria a esos grandes dinosaurios llamados Sonic Youth. Claro que una sola escuchada puede traerte la cara farsante de unos payasos oportunistas jugando a ser músicos, es una duda necesaria que podrá ser reciclada si escuchas con atención una propuesta sin mayores intenciones genuinas que las de mover, joder, reír y expresar. Así de inmaculado es el asunto. 20 canciones nos trae Mundo: una introducción que hace honor a su título porque no hay más que sonidos hechos con la boca ( Bocas sonoras ) y luego el compartir emociones nerviosas cuando escuchamos lamentos distorsionados e histéricos ( A.D 90 , Mira , Dios , Tiburón ), suaves arrullos, recargados de ironía ( Dibujito , A volar ), lentas ligeras, muy pop, con simplezas acústicas básicas ( Olvidar ) y esos toques cibernéticos que a lo largo de la cinta y sin ningún orden se cuelan interrumpiendo y desarreglándolo todo (aún más): voces y ruidos de caricaturas de televisión; sonidos guturales, ladridos espaciales; pianos, coches furiosos, llantos, etc. Personalmente me quedo con cuatro canciones: la popular 69 (esos gemidos dulces/ son un lenguaje extraño/ empiezo a escupirte/ empiezo a patearte); Caries ; la hablada y divertida Peligro (al igual que el separador “La mañana de la tarde con Ricardo y Roberto” que satiriza un programa de televisión en vivo) y  una canción que resume con algunas frases totalmente desproporcionadas y para cagarse de risa, lo que es el sentir general del grupo frente a todo lo demás; la estupidez adrede, las verdades de un Hombre de mierda (Estoy cansado de este mundo de mierda/ la familia es una cagada / y vos te vas a la concha de tu hermana/ estoy harto de cualquier trabajo/ por eso me rasco las bolas/ en definitiva soy un vago de mierda/ y estoy muy contento así). Nada de escandalizarse, ni de falsas moralidades, lo dijimos al principio: este grupo no tiene pelos en la lengua y no dice nada. Son así, sinceros y directos, como muchos de nosotros.

 

Publicado originalmente en la revista Caleta. Número 15. (1997).

 
 
 
 
 
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