El goce de la piel

Oswaldo Reynoso

Lima: Editorial San Marcos, 2005.

50 pp.


La imagen es efímera pero su fuerza, el disfraz anecdótico que supone todo buen cameo cinematográfico, sobrecoge: el poeta Martín Adán, grueso abrigo cerrado con imperdibles, “infaltable sombrero”, está apoyado ebrio en un poste de la avenida La Colmena mientras “un joven negro”, algo sucio, lo sostiene. “¿Quieres saber de mi vida? Anda pregúntale al mar”, 1 los versos del autor de La casa de cartón afloran en el recuerdo nostálgico del narrador y, con absoluta naturalidad, se hermanan a su prosa poética para descubrir la belleza de los instantes más sórdidos.

Siendo un escritor en ciernes (desconfíen de mi frágil memoria: esta anécdota la escuché de sus labios) Oswaldo Reynoso (1931), envalentonado por la cerveza, se acercó a Martín Adán en el bar Palermo para darle el manuscrito de su ya mítico Los inocentes: Lima en Rock (1961). Adán, hombre de pocas palabras, “frente a un gran copón de pisco. Sombrero y barba crecida”, le aceptó el folio: la semana siguiente le daría su opinión. Mismo lugar, siete días después, Reynoso ahoga su timidez en alcohol. Si Martín Adán lo llamó o él mismo se acercó a su mesa, no tiene mayor relevancia. El poeta, como lo hizo Arguedas en su momento, había vislumbrado en Los inocentes una obrita maestra, pero en vez de hablarle de su novela, le habló del dolor. “Reynoso, usted va a sufrir... no están preparados aún.”

Las predicciones de Adán, de alguna manera, se cumplieron: Los inocentes fue celebrada y atacada por igual, los críticos no supieron paladear el nuevo estilo literario del autor, un estilo en donde (cito a Arguedas): “la jerga popular y la alta poesía (se reforzaban), iluminándose”. Lo peor llegó luego: no existe en la literatura peruana una novela tan arriesgada y experimental que haya sido tan unánimamente ignorada en el momento de aparecer como El escarabajo y el hombre (1970). Reynoso hablaba en otro idioma, estaba adelantado. A inicios de los 60 había empezado a romper con la corrección de la literatura tradicional como lo hiciera, en México, a mediados de la misma década y con un estética similar, el movimiento espontáneo de La Onda que, acaso sin aceptarlo, conformaban José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña, tan cuestionados y ninguneados como lo fue Reynoso en el Perú.

Sin embargo, a diferencia de muchos escritores mayores (y acabados) que siguen escribiendo por inercia, terquedad o estupidez, Reynoso envejeció bien. Luego de diez años de silencio en los que coqueteó con la idea de no publicar más, aparece El goce de la piel : una nouvelle o bien un libro de relatos entrelazados por la presencia continua, aunque en personajes distintos, de Malte: un efebo que encarna la belleza humana y artística o, como apunta Gonzáles Vigil, “la sacralización del goce terreno” esbozada por el autor desde su predecedora En búsqueda de Aladino (1993). El tema central del libro es el descubrimiento de la severa e hipócrita moral cristiana frente al disfrute estético y erótico que ofrece el cuerpo, y la búsqueda emprendida por el personaje principal (a veces innombrado; otras veces, el profesor Leonardo o el Uno que ya aparecía en El escarabajo y el hombre) del goce sexual, siempre sublimado por la contemplación de la belleza masculina o la mención de obras literarias y artísticas occidentales que remiten, con sutileza, al amor homosexual (una escultura de Miguel Ángel, algunos poemas de Cernuda, la Muerte en Venecia de Thomas Mann). 

El adolescente Malte, así, está presente en los recuerdos del narrador de muchas maneras y bajo diferentes máscaras: más que un personaje de carne y hueso funciona como ideal de lo sublime, como una luz incierta que el narrador nombra espejo (“A lo mejor, nunca existió ningún Malte [...] Sólo un espejo: delicioso infierno”). De esta manera, Malte podría remitir tanto al protagonista de la novela de Rilke (Los cuadernos de Malte Lurids Bridge) como al púber andrógino de Muerte en Venecia. Físicamente, en los cinco capítulos o relatos que componen la obra, Malte muta, se va transformando sin abandonar el cuerpo adolescente que siempre, sobre el final, desnuda: es un muchacho hijo de italianos, un ex convicto del Lurigancho, el jefe de una patota de barrio, un compañero de clases, un discípulo literario y, finalmente, sospecha el narrador anciano transformado ya en el Uno, un viejo que pasea a sus nietos, al que tiene miedo de preguntarle su nombre y que, curiosamente, se denomina el Otro.   

El goce de la piel no es superior a Los inocentes (acaso ninguna de sus obras lo será) ni a El escarabajo y el hombre pero es, sí, una continuación estimulante del universo narrativo propio de un autor de inmenso valor. No creo, pues, equivocarme al afirmar que Oswaldo Reynoso no sólo es el escritor más influyente y estimado por la mayoría de los narradores jóvenes peruanos, sino, al mismo tiempo, a sus 74 años, uno de los más valientes. Si su obra completa aún no ha sido publicada por un sello editorial grande, con los pertinentes estudios críticos, es porque nuestra ceguera nos empuja con cinismo hacia los sentidísimos homenajes póstumos. O quizá no; quizá sea conveniente recordar que Reynoso nunca ha sido un escritor cómodo para muchos narradores y críticos domesticados que deciden el cómo, el cuándo y el por qué. Roberto Bolaño lo tenía muy claro. Hablando del olvido bajo el cual partió el poeta chileno Rodriga Lira, lo dijo todo con la violenta sinceridad que suscribo ahora para cerrar esta nota: “Los cobardes no editan a los valientes.”          


Publicado en:

Revista Pelícano 2 (Lima: Diciembre 2005)

Revista Pterodáctilo 4 (Austin, TX: University of Texas, 2005

 
 
 
 
 
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