Las islas
Carlos Yushimito
Lima: SIC, 2006.
157 pp.
Se ha dicho de Las islas que una de sus mayores virtudes es haber ambientado sus relatos en un Brasil que su autor sólo conoce por postal. No son pocas las reseñas que han antepuesto el hecho insólito de su acercamiento literario a Brasil—cuyo antecedente peruano es La guerra del fin del mundo (1981) de Mario Vargas Llosa—a su verdadero valor estético: la lograda configuración de una épica urbana en el escenario marginal y violento de las favelas de Río de Janeiro; el cuidado milimétrico en el trabajo formal del lenguaje, su poderosa cadencia; la construcción fragmentaria de estas historias que, en su mayoría, están interconectadas por los mismos personajes; el esporádico trabajo con el suspense detectivesco; y el tributo que se le rinde a otros géneros como el cine de gángsters (“Tinta de pulpo”) o la narrativa de corte fantástico (“El mago”).
Los cuentos más logrados de Las islas tienen un telón de fondo común—las barriadas de São Clemente—y, alterando el tiempo lineal, introduciendo flashbacks y flash-forwards que no resultan accesorios, como en los mejores filmes de Quentin Tarantino o de Paul Thomas Anderson (sálveme Dios de citar a Robert Rodríguez), relatan el apogeo y la caída de una familia de criminales liderada por un capo/padre (Pinheiro) al que uno de sus sicarios/hijos (Chico Pires Duarte) consigue dar muerte.
“Cuando algo termina, hay que estar preparado para empezar de nuevo” (133) afirma uno de los personajes y ésta es precisamente la lógica sobre la que funciona la pequeña saga de los tres relatos del conjunto (“Bossa Nova para Chico Pires Duarte”; “Tinta de pulpo”; “Tatuado”) emparentados con el gangster genre : un género cuyo nudo dramático se determina por el sacrificio del más poderoso—el asesinato del padre—y, con ello, por la renovación natural de un imperio usurpado.
Lo interesante de la propuesta de Yushimito es la manera en la que ha alterado el esquema sin resquebrajar la verosimilitud de la trama. En el primer relato (“Bossa Nova…”), Chico Pires asesina a Pinheiro por el amor de Fernanda Abreu, su mujer, y luego, impertérrito, espera frente al cadáver que su amigo Marcinho, otro protegido de Pinheiro, llegue a vengar su muerte. En Chico no hay asomo de codicia y la idea de fugarse le resulta ilógica. Su resignación ante la inminencia de la muerte es similar a la que exhibía Ole Andreson: ese boxeador sueco que en “The Killers”, el clásico relato de Hemingway, espera la llegada de sus verdugos mirando el techo de su cuarto con la seguridad de que es el destino el que lo persigue.
La aceptación de un sino trágico, de una decadencia inevitable, es una constante en los personajes de Las islas . En “Tinta de pulpo”, por ejemplo, Wagner y Ciro, dos esbirros del mismo Pinheiro, aguardan en un auto la llegada de Cuaresma, otrora colega que será sacrificado por deseo del jefe. La historia germinal de la saga (relatada más adelante en “Tatuado”) explica cómo Pinheiro consiguió controlar el negocio en São Clemente asesinando al viejo Tomé y a su sucesor, Mamboretá. Para ello, Pinheiro compra a sus matones de confianza que, con Cuaresma de líder, terminan traicionándolo. El ajuste de cuentas contra él, sin embargo, no tiene una base sólida y es aquí donde se introduce la dimensión mítica que explica la fría pasividad de los personajes de Yushimito ante la posibilidad de la muerte: Pinheiro—como Wagner, Ciro, Cuaresma o Chico Pires—cree en la voluntad divina, es un criminal devoto. No confía en el azar, le teme. El sacrificio de Cuaresma es el resultado de un sueño en el cual Pinheiro ve “el espíritu de Yemanjá […] pidiendo desagravio para calmar el alboroto y la pureza que lastimó la guerra durante su fiesta” (46).
Aunque rompen el código realista del género, estas creencias mágico-religiosas ante las cuales se rinden los personajes de Las islas , junto con la alta dosis de violencia que exhiben sus acciones, le dan a estos relatos cierta atmósfera de parábola negra y, al mismo tiempo, le otorgan ese hálito de extrañeza urbana que se hace atractivo para el lector deshabituado al imaginario religioso de los delincuentes. Es, pues, cierto que el ambiente de las favelas de Río ha sido retratado con buen pulso por el autor pero tampoco es falso que, por momentos, las costuras del disfraz resplandecen (sobre todo cuando se altera el tratamiento formal introduciendo el portuñol en relatos como “Apaga la próxima luz”).
Yushimito es un orfebre delicado con el lenguaje: sus metáforas son elegantes (“La puerta abierta nos sonreía como una boca sin dientes”, 126), y su prosa tiene una sonoridad envidiable que invita a leerla en voz alta. Lograr esto en un primer libro no es fácil y, por lo mismo, es desconcertante que sea precisamente el tratamiento aflautado de ciertos diálogos lo que conspire contra la verosimilitud final de sus personajes. “Es el único hombre que conozco que ha sido capaz de enamorarse de una puta con el oficio aún latiendo” (34) dice, por ejemplo, Sancho, el narrador de “Una equis roja”, con un lirismo que resultaría impropio para un proxeneta tanto en Brasil como en Grecia o Tailandia.
Algo parecido sucede en la conversación entre Wagner y Ciro sobre el poderío del azar en el destino de los hombres. “No te diré que soy un filósofo, negro” dice en un primer momento Wagner, el más vulgar de los dos delincuentes, pero algunos párrafos más adelante, explicando su teoría de la Tinta de pulpo que justifica el título del relato, Wagner parece contradecir su afirmación inicial y su naturaleza con una reflexión en la que más que Wagner (el sicario) parece Yushimito (el escritor): “Sus sueños solo fueron tinta de pulpo […] Los sueños nos dicen sólo lo que queremos oír. Así que se disfrazan para llegar hasta nosotros. Se arrastran, nos atrapan cuando nos hallamos más indefensos y entonces nos echan todo lo que esconden encima […] Como los pulpos. Nos distraen con su tinta negra mientras escapan” (56).
Más allá de estos excesos líricos que atentan, no contra la inteligente concepción de esta obra, sino contra la plausibilidad de sus protagonistas, Las islas es un debut sorprendente que nos descubre a un joven autor de raza. Este raro privilegio puede observarse en todo su esplendor en “Seltz”, cuento redondo en donde Yushimito logra el equilibrio perfecto entre la armonía medular de su prosa y esa apuesta—menos sofisticada pero mucho más viva—por la sencillez del adjetivo en la boca de sus personajes. Si sólo de eso se trata, no creo equivocarme en afirmar que su narrativa va por buen camino.
Publicado originalmente en Revista Casa de Citas y Revista Pterodáctilo # 5 (2007)
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