Una sorisa, una lágrima
Almodóvar se interna en las profundidades del melodrama
Todo sobre mi madre, la última película del cineasta Pedro Almodóvar, supone el reencuentro del director con la actriz argentina Cecilia Roth y con esa indócil gama de mujeres fatales, entre las que flamean Penélope Cruz y Marisa Paredes.
Decía Truman Capote en un fragmento de Música para camaleones, citado en la película: “Cuando Dios te entrega un don, también te da un látigo. Y el látigo es únicamente para auto flagelarte”. Pues bien, vayamos sin rodeos: aquí viene ese señor llamado Pedro Almodóvar, ese corpulento cineasta con cara de picapiedra, corte new wave y blusones rosados que hace películas sobre mujeres, y tiene el don y tiene el látigo.
En ésta, su última película, parece haber logrado aquello que había tentado desde Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y consiguió con notables resultados en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988): la reivindicación del melodrama como género, a la manera de las grandes obras como Un tranvía llamado deseo de Tenesse Williams o Todo sobre Eva de J.L. Mankiewicz (ambas, piedras angulares de la historia) y su consolidación dentro de un ambiente estridente, ácido y de humor negro que se burla de sus propios postulados: un melodrama pos moderno.
Las muñecas de Pedro
Y es que es difícil pensar en Pedro Almodóvar y olvidar a una de esas mujeres fálicas, solitarias y autosuficientes que, de la risa al llanto, deambulan por sus ficciones buscando eso que anhelan y no pueden conseguir. Existen, pues, hombres que desean, y se hacen mujeres, y mujeres que, sin dejar de serlo, son hombres. Auténticas New York Dolls de la escena marginal: muñecas lesbianas que seducen amas de casa masoquistas orinándoles encima (como lo hace la cantante Alaska en Pepi, Luci, Bom), histéricas compulsivas que aman y engañan; travestis sensibles y orgullosos de sus kilos de silicona que han dejado de llorar.
“Si a ella le gustan las mujeres, hazte mujer” decía por ejemplo la abuelita, una máquina callejera de esas que predicen el futuro, a cierto joven enamorado que no duda en travestirse para recuperar su amor. El joven se hace mujer y así recupera a su amada hasta que empieza a darse cuenta de que, desde que se ha hecho mujer, lo que le gustan son los hombres.
Boquitas pintadas
La imagen pertenece a Sexo va, sexo viene , uno de los primeros cortos de Almodóvar. Ya en ese entonces las inquietudes estéticas (los colores, las situaciones kitsch que presta de John Waters, por ejemplo) y su fijación por el mundo de esas féminas que, a partir de una circunstancia crucial en su vida, deconstruyen la realidad para poder asirla, estaban presentes en su obra.
Todo sobre mi madre es una película que no sólo trabaja los postulados del melodrama a través de estructuras circulares donde el destino hace que los sucesos se repitan, sino que, incluso, realiza un homenaje al género como tal, con alusiones directas a divas como la Gena Rowlands de Opening Night, la Bette Davis de All About Eve y la Romy Schneider de Lo importante es amar, quienes plasmaron en la pantalla la fastuosidad de sus vidas y la ambigüedad de una fama autodestructiva.
El imperio del kitsch
“La película nace de uno de los personajes de La flor de mi secreto, Manuela, la enfermera que aparece al principio, una mujer normal que participa en las simulaciones que hacen los médicos que realizan transplantes. En ellas, a una hipotética madre se le comunica la muerte de su hijo” explica Almodóvar. La Manuela en cuestión —la actriz argentina Cecilia Roth, que después de trece años colabora con el cineasta español entregándole una soberbia caracterización—, trabaja en Madrid como coordinadora de transplantes y es una mujer con un pasado tumultuoso.
La vergüenza y las predicciones de un rechazo hacia el padre que lo engendró, la obligan a ocultarle a su único hijo, Esteban, (Eloy Azorín) no sólo su identidad, sino, incluso, el que aún esté vivo. Esteban-Padre, o mejor dicho, Lola la pionera (Toni Cantó), es un travesti con unos senos enormes y un corazón malo al que abandonó hace 17 años en Barcelona.
Con ocasión de su cumpleaños, Esteban, un joven sensible que ama la literatura y sueña con escribirle un guión cinematográfico a su madre, el cual llevaría el nombre de la cinta en alusión directa a la película de Mankiewicz, acude con ella al teatro a ver a Huma Rojo (Marisa Paredes). Ella es una dama que fuma como Bette Davis; interpreta a la Blanche du Bois de Un tranvía llamado deseo , como Vivian Leigh; y vive enganchada al teatro y a Nina (Candela Peña), una actriz drogadicta que resulta ser su pareja .
Al finalizar la obra, Esteban, busca obtener un autógrafo de su diva y corre detrás de su auto sin prever que otro carro se lo llevaría por delante y eclipsaría su vida. A partir de ese momento, ironías del destino, Esteban es un donante de órganos que salva la vida de otra persona y Manuela, una madre desconsolada que casi enloquece por haberle ocultado a su hijo la verdad sobre su origen. La peregrinación empieza.
Lo que sigue es una búsqueda y un retorno de Manuela hacia su pasado en Barcelona para redimirse ante la memoria de su hijo muerto y encontrar a Lola, el personaje del que hace 17 años huía. Este regreso implica el reencuentro con entrañables personajes del muestrario humano que exhibe la sordidez de Barcelona: la Agrado (extraordinaria la actriz de teatro Antonia San Juan) un transexual hecho de siliconas que reivindica su condición de mujer, y la hermana Rosa (Penélope Cruz), hija de una afrancesada señora que copia cuadros de Chagall, cuyo destino irremediablemente se verá ligado por siempre al de Manuela.
Decía el mismo Almodóvar que: “la película está dedicada a las actrices que en algún momento de su carrera hicieron de actrices”. Y no sólo a ellas, también: “a las mujeres que (observaba en su niñez) fingían, mentían, ocultaban y de ese modo permitían que la vida fluyera y se desarrollara, sin que los hombres se enteraran ni la obstruyeran”.
A nadie extrañe que la figura del hombre en la película sea un fugaz espectro de indefinición, cuando no de maldad o de decrepitud. Y sin embargo, la imagen de Lola, el papá con tetas, no puede ser más provocadora que las de los demás: aún siendo mujer, Lola hace daño como lo haría un hombre. Folla, por ejemplo, con una hermana consagrada a la caridad del prójimo y la condena a muerte.
La ley del deseo
En cada personaje femenino están desarrolladas las obsesiones fundamentales de Almodóvar: el dilema de la identidad, aún cuando fingir es una de las maneras más efectivas de prolongar la convivencia; la capacidad de la mujer para superar el dolor de la pérdida; la peregrinación por la propia absolución; el culto divino al teatro como un espejismo de la vida; y, sobre todo, la reivindicación de la autenticidad de toda persona que, en una escena memorable en primer plano que registra el monólogo de la Agrado ante una audiencia inconforme por la cancelación de un espectáculo, nos da una de las más maravillosas lecciones de vida con esta frase que justifica sus múltiples cirugías: “una mujer es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.
¿Qué más queda por decir? Que es una película muy graciosa e imprescindible incluso para aquellos que no soportan los disfuerzos del español. En parte, porque éste logra, después de mucho tiempo, una película redonda que amortiza los pequeños desvaríos de su historia con una lograda puesta en escena y un ingenioso diálogo. En parte, porque son pocas las ocasiones de apreciar un producto que asimile y reformule de manera tan fluida e inspirada las pautas básicas de un género clásico tan venido a menos en estos tiempos. ¿Alguna otra razón? Sí, por supuesto. Se llama Penélope Cruz.
*Publicado originalmente en la revista TV+ de El Comercio. Número 466 (1999). |