Lados-B no es un blog por 5 razones:

1. Soy un compulsivo lector de blogs: los leo todas las mañanas y tengo amigos y enemigos bloggeros. Sospecho que no podría tener uno porque soy indisciplinado para escribir (es decir: flojo) y lo actualizaría muy poco. De esto se puede inferir que Lados-B se actualizará cada vez que me acuerde. O sea (casi) nunca.

2. No hay posibilidad de subir comentarios en Lados-B y, sin interacción, se pierde el encanto del blog (y como sé que me van a insultar, mejor que me insulten en blogs ajenos).

3. Muchos escritores tienen blog y siempre he sido un poco contreras. Como lector me va mejor.

4. No soy paciente con las computadoras. No sé hacer fotomontajes. Siempre subo mal las fotos. Cuando hago comentarios en otros blogs los mando tres o cinco veces pensando en que no llegan. En resumen: soy inepto para el mundo cibernético y me hago el que no entiendo cuando quieren explicarme. Lados-B se elabora with a little help from my friends.

5. En realidad no tengo más razones pero 5 se veía en la pantalla mejor que 4 y que 3.

 

 

[Dic, 17, 2010, @diegotrellespaz.com]

I Never Went to Blanes

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Publicada en blog de revista N + 1 [16 de agosto, 2010]

Translated from the Spanish by Carolina De Robertis.

The first time I read Roberto Bolaño's The Savage Detectives I was 22 years old. I lived in Lima on a miserable salary and the only thing I was doing with my life, other than getting drunk to the point of senselessness, was reading and writing, imitating and attempting, as well as throwing myself against the door each time my literary style proved to be nothing more than a pale and clumsy echo of the voices of writers who'd influenced me: a kind of polyphonic collage of Vargas Llosa with Ribeyro, Onetti with Puig.

Continuar leyendo aquí.

Leer aquí la version italiana (traducción de Carmelo Pinto) publicada en diario Il Manifesto (29 de octubre, 2010) y reproducido en blog La poesia e lo spirito

 

 

[Nov, 1, 2010, @diegotrellespaz.com]

Cinco máximas literarias de mi ayo consejero

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1. De todos los males literarios, el menos visible y el más peligroso es el virus de la productividad. 2. Ser un narrador prolífico de novelitas medianas sólo es virtud de comerciantes de imagen. 3. La alegría excesiva del mercado deglute el talento. Es como la gripe: cuando llega la fiebre, enceguece. 4. Mi intuición, Diego, aunque no soy artista sino ayo consejero, es que la literatura es una pulsión vital. No se elige, aparece de pronto, como un delirio. 5. Sé paciente. No sucumbas al cansancio. Si vas a traicionar a alguien que sea a una mujer. A tus personajes, déjalos tranquilos

Publicado originalmente en revista La comunidad inconfesable (Octubre, 2009)

 

[Oct, 1, 2010, @diegotrellespaz.com]

Crónica de una visita anunciada de Diego Trelles a Cochabamba

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Publicada en blog Ecdótica [8 de diciembre, 2010]

Cochabamba (un comercial y regreso)

Señoras y señores, no se engañan: en la foto de arriba hay un hombre bebiendo. La mano derecha y los dedos abiertos ocultan su cara en el mismo momento en que un tequila milagroso se la está deformando. Si ustedes piensan que la V de los dedos iluminados es el símbolo del ‘Paz y amor' o la V revolucionaria de ‘¡Victoria!' y‘¡Venceremos!', su intuición es sin duda ágil pero errónea. Se los digo porque ese hombre soy yo y, aunque de esa noche no recuerdo nada, sé —porque me conozco, porque lo he hecho antes y lo volveré a hacer—, que sólo estoy pidiendo dos más en un bar colorido de Cochabamba cuyo nombre debe ser La ingrata o La tirana pero que, siguiendo la lógica del macho engañado, bien podría llamarse La pérfida o La hija de puta.

Seguir leyendo aquí.

 

 

[Mar, 1, 2009, @diegotrellespaz.com]

Ars de Lima

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Hacer. El verbo en infinitivo y yo que vuelvo a Lima con la coraza artificial de la nieve neoyorquina envolviéndome el pecho. Dos años de invierno y aún los días se oscurecen a las cuatro de la tarde. A veces no importa cuándo ni cuánto ni hacia dónde ni por qué, es sólo el movimiento y la pulsión vital de no quedarse quieto. Escribir ahora y más adelante. Escribir ahora y más atrás. Escribirlo todo. Embriagarse de letras, romperse a golpes la cabeza. Hacer. El verbo en infinitivo y yo que estoy en Lima violentándome, ya embrutecido por el alcohol. Ahora tengo 31, no consumo mucho y estos son mis amigos de-por-aquí. El del polo rojo es César A. La de la camisa negra es Vicky G. La de hombros descubiertos es Roxana C. El chico de lentes es el alemán y el de la chaqueta verde, el finlandés. Somos Los sinuosos y estamos incompletos (aunque hay quien nos llama Los intermezzo). El de blanco c'est moi. No soy poeta. Fui, sí, cantante y corría olas a pechito en la Costa Verde. Ahora tengo un lápiz que me defiende del mundo. No sé más. Miento sí sé. Me llamo Diego, crecí en Magdalena, de niño cantaba valses criollos sobre unos cubos de madera. En aquel entonces era Lima y yo no tenía a quien amar. A veces no importaba cuándo ni cuánto ni hacia dónde ni por qué, era sólo el corazón y mi padre que me miraba entristecido y me decía Escribir, Diego, no es sólo el movimiento, hay que mirar hacia adentro y hacia abajo y oscurecerse y apagarse para volver a nacer. Escribir ahora y más adelante. Escribir ahora y más atrás. Escribirlo todo, amarlo todo. Embriagarse de letras. Romperse a golpes la cabeza. Hacer.

 

[Feb, 15, 2009, @diegotrellespaz.com]

Libros que llegaron a Nueva York, amigos que se quedaron en Lima.

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¿Qué será? Cada retorno a mi país, no importa si han pasado meses o años, tiene la virtud o el defecto de no parecerse en nada al anterior, como si Lima fuera un constante simulacro, una ciudad holográfica que vive dando vueltas y a la que entro por distintas puertas. Algunas cosas, desde luego, no cambian y, paradójicamente, las uso de brújula para ubicarme y sentirme un poco menos torpe y advenedizo en mi propia casa. Por ejemplo: por algo muy parecido a mis principios, tengo prohibido ir al balneario de Asia (decirle Eisha, además de idiotez, revela ese mal gusto de fábrica que tiene la pacata pituquería peruana cuando quiere mostrarse ingeniosa). Es una gentileza de mi parte llamar balneario a ese Miami en botella; caldo de cultivo del racismo más rancio y odioso; playa pública que ha sido cerrada y sellada para el vulgo por obra y voluntad de la realeza opusdeista santificada y legitimada por el diario Correo; orgullo ampuloso del empresariado blanco (negros y serranos aquí ni hablar) y de los dueños del Perú que hacen y deshacen con los pulgares ansiosos de Alancito siempre arriba. O sea, pues, que al sur, más allá del kilómetro ochenta, un poco por decencia y otro poco por asco, imposible.

Viro entonces mi rumbo al Barranco nocturno, a las discos ochenteras de Miraflores que, siguiendo el modelo del recordado Bauhaus, amanecen y parecen irse a casa conmigo. Paseo por la Plaza San Martín recordando mis épocas en El Comercio hasta llegar al Queirolo enrejado de Quilca sólo para pedirme un chilcanito milagroso y un pan con jamón del país. Los días de semana voy al Juanito y actúo como un escritor que hace lo imposible por parecer un futbolista, o bien me quedo en Magdalena observando cómo los postes sombríos alumbran el paso apurado de pasteleros y serenezagos que se cruzan sin tocarse. Qué simpáticos se verían estos muchachitos melindrosos comiendo sushi en un lounge de Asia, pienso con malicia y me río solo.

Quiero ponerme al día con los libros de autores peruanos a los que, por fin, puedo tener acceso (en esta última frase —sospecho— hay hipérbole). Mi deseo se corporiza y no sé si serán los heraldos negros que me manda la muerte, pero no tardo mucho en completar mi lista. Me los obsequian y también me los obsequio (escritor que no compra libros hace trampa), y me siento dichoso porque no hay nada que me ponga más contento en este pinche mundo que un libro y la sonrisa de mi sobrina Majo. Claro, no es sólo eso. Está también ese airecillo de entusiasmo literario, ese fervor vital con el que escritores y poetas, nuevos y viejos —más allá de la espantosa política cultural de un gobierno que se diría interesado en el analfabetismo masivo— deciden lanzarse al ruedo con los puños en alto, y escribir y escribir y escribir como si el mundo fuera a acabarse. Eliminados de un plumazo los vivazos de cantina mal acostumbrados al trueque de lamidas y elogios, lo que queda después de esa poda no es poco.

Entre los libros que volvieron a Nueva York conmigo, los nominados fueron: la nouvelle ganadora del premio ‘Julio Ramón Ribeyro' (2008) patrocinado por el BCR, Entre el cielo y el suelo de Lorenzo Helguero; La iluminación de Katzuo Nakamatsu, feliz y poderoso retorno a la novela de Augusto Higa; La línea en el medio del cielo esperado debut literario de Francisco Ángeles; Lima freak , compilación de textos sobre muchos de los personajes más odiosos del Perú y alrededores, bajo la pluma de ese gran cronista que es Juan Manuel Robles; El cielo de Capri , la segunda —también esperada— obra de uno de los narradores más elegantes y creativos de la última narrativa, Marco García Falcón; La noche humana e Historias de verdugos del consagrado y querido Carlos Calderón Fajardo. Entre los poemarios: Fotografías escritas y La primera anunciación de Cecilia Podestá (quien tuvo la gentileza o la locura —algo que en ella espero siempre con alegre desconcierto— de obsequiarme los poemarios-objeto de su proyecto Tranvía Editores); el sorprendente La idea era irnos aún niños, segundo hijo del joven poeta Oliver Glave; Labranda, último vuelo poético de mi amigo Róger Santiváñez (a quien ya amenacé con robarle versos de El chico que se declaraba con la mirada para mi próxima novela); y la edición de-luxe del mítico Ave Soul de Jorge Pimentel, que trae dos textos de Roberto Bolaño, fotos e info y que está realmente de puta madre. Me quedé con las ganas de traerme la entonces inubicable Que la tierra te sea leve de Ricardo Sumalavia; Ocho cuartetas en contra del caballo de paso peruano de Mario Montalbetti (que se me quedó por despistado); Las cenizas de Altamira de Domingo de Ramos (aparecida luego de mi partida) y Confesiones de Tamara Fiol del gran Miguel Gutiérrez (que igualmente salió al mercado una semana después de irme; entiendo además que en breve se reedita por todo lo alto La violencia del tiempo, ¡albricias Miguel!).

Entre los proyectos de los que me pasaron el yara y que podrían esperarse con la debida ansiedad, además de la novela Ayacucho, Ayacucho de Oswaldo Reynoso —el otro gran—, hay dos que marcan el retorno narrativo de Carlos Torres Rotondo (Nuestros años salvajes): 1) su historia secreta del rock peruano y 2), junto al poeta José Carlos Irigoyen, el libro testimonio de los grupos vanguardistas de la poesía peruana (o, en sus palabras, citadas aquí de memoria, “de los poetas que roquean”), además del debut para Perú de Salvador Luis con un libro titulado Zeppelin, que promete laberintos y extrañeza. Se viene, además, con todo, la quinta entrega de la revista Intermezzo Tropical. Hay una crónica inédita de este servidor titulada ‘Nunca fui a Blanes' y de plato fuerte: poemas inéditos de una de las grandes poetas de las letras hispanas, la uruguaya Ida Vitale.

Eso es todo por ahora.

That's all folks.

 

 

[Enero, 30, 2009, @diegotrellespaz.com]

Lo prometido:

MGMT + She & Him + Duffy en Revista 69

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Como adelanté en uno de los últimos posts de la sección de NOTICIAS allá por el año 2008, volví a escribir sobre música para los amigos melómanos de la revista 69 (que, dicho sea de paso, me siguen—¿me seguirán?—debiendo las chelas y la fiesta romana y el recibimiento apoteósico a-lo-crack-de-fútbol que se me había prometido a mi llegada a Lima). La buena noticia es que me obsequiaron esos PDF's y aquí se los dejo para el paladeo/paleteo general. Aclaraciones pertinentes: 1) La reseña al disco de la señorita Duffy nació de un mail. Su Rockferry sigue sin gustarme, aunque debo confesar que le he agarrado un gustito medio malsano al video en el que bebe su leche con el corazón roto. 2) Zooey Deschanel ha bajado dos puntos en mi ranking personal de musas y, si sigue haciendo películas horrendas como The Happening o Yes Man, temo que se irá a Segunda División.

 

[Nov 22, 2008, @ diegotrellespaz.com]

Panic

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Cuando era niño jugaba a ser DJ. Tenía un micrófono negro, largo y flaco como un dedo en luto y uno de esos equipos Philips con doble casetera y sistema Dolby. Era un aparato menesteroso: tenía una antena rota que yo había parchado con cinta adhesiva, el botón de REC completamente tieso después de tanto mix pirata y, al carecer de tapa, el cajoncito posterior de las baterías (que tenía vida propia) se esforzaba por hacer volar las pilas en medio de esos apagones cortesía-Sendero Luminoso que traían velas y vecinos aburridos a la cocina de mi casa.

No sé si tenía talento para mezclar música. Es muy probable que no porque yo imitaba a los DJ's de las radios peruanas y lo único que sabían estos pobres y necios hombres era amanerar la voz y decir chévere suavecito y, luego, programaban sin ningún remordimiento un tema de The Cure y después otro de Yuri o de Magneto que en esa época eran bastante chéveres y suavecitos. No importaba: yo jugaba a ser DJ y tenía mis cassettes en el orden justo y, luego de poner música decente, solía charlar con mis oyentes imaginarios y no recuerdo haber sido nunca infeliz sino todo lo contrario.

Un día llegó el Heavy Metal a mi vida y decidí ser un DJ metalero. Mi pelo creció. Empecé a ir a la avenida Colmena a comprar cassettes con carátulas llenas de demonios y de cruces volteadas. Copiaba un programa llamado Guerra de estrellas y solía enfrentar a Metallica con cualquier otro grupete de gritones que odiaran a Dios. Los oyentes ficticios llamaban y votaban y yo hacía que esta batalla fuera reñidísima hasta que, triunfales, sobradísimos, con una canción del And justice for all … llamada “One” que yo bailaba moviendo mi cabeza en círculos, los cuatro Metallicos salían victoriosos de cuanto conflicto les pusiera delante. Un día me di cuenta de que Metallica me daba dolor de cabeza y que ya me llegaba francamente al pincho. Me corté el pelo casi rapado. Hice que perdieran la Guerra de estrellas hasta con Michael Bolton pero no dejé de transmitir. Ya era un adolescente y seguía jugando a ser DJ pero este segundo acto no me duraría mucho.

El día que llegaron los CD's a hacer obsoleta y cómica mi colección de cassettes piratas, y mi fiel equipo Philips con doble casetera y sistema Dolby decidió suicidarse por algo parecido al orgullo tecnológico, se acabaron mis maratónicas jornadas de DJ. Recuerdo con mucho detalle mi último programa porque mis oyentes llamaron para solidarizarse conmigo y desearme una vida dichosa. Sólo para joderlos, para que no pensaran que yo iba a ir por el mundo conmoviéndome por cojudeces de esa índole, mis últimas palabras antes de apagar el micrófono y salir del aire, fueron chévere y suavecito.

Suelen preguntarles a los escritores cuándo fue que tomaron la decisión consciente de dedicarse a la escritura. Cuando me hacen esa pregunta, suelo mentir y decir tonterías de las que luego me río o me arrepiento. Hoy, sin embargo, recordé que cuando era niño jugaba a ser DJ. Me di cuenta, además, de que las historias uno las crea con lápiz o computadora o máquina o cámara o música o mente y que, siendo DJ, acaso sin sospecharlo, yo ya inventaba y mentía y reemplazaba este mundo idiota y feísimo por uno enteramente mío.

Si este breve fragmento es una involuntaria declaración de principios, sólo faltaría ponerle música de fondo. Me siento un poco extraño intentando un set en Nueva York, frente a la pantalla de esta Mac que no tiene botones ni pilas ni vida propia. Está nevando afuera. Los nudillos del viento tocan las ventanas de mi cuarto y ahora los únicos apagones de mi vida los traen las tormentas. No tengo micrófono ni audifonos pero sé que mis oyentes empezarán a llamar en cualquier momento. Panic on the streets of London canta Morrissey cuando los Smiths era la única banda importante del planeta, y sólo estoy esperando esa parte en que pide la horca para el DJ por poner música que no le dice nada de su vida.

Burn down the disco/Hang the blessed DJ/ Because the music that they constantly play/ It says nothing to me about my life…

La mentira, la ficción, las imágenes, la música. El dolor y la risa. El paso infatigable del tiempo. En esta estrofa mágica de Panic encuentro todo lo que he intentado explicarme esta noche antes de apagar mi computadora, clausurar mi programa imaginario, despedirme de mis oyentes y salir del aire para siempre.

Binghamton, NY. Noviembre, 2008.

 

Links: http://zonadenoticias.blogspot.com/2008/11/panic.html

http://revista69.com/panic/

 

[Mar 24, 2008, @ diegotrellespaz.com]

Tres latinos en la taberna de Bukowski

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Luego de un viaje familiar que incluyó cuatro ciudades (New Orleans, Boston, New York y Washington), y tras la salida del quinto número de la revista peruana Intermezzo Tropical, el buen Paolo de Lima, poeta y Blogger cuyo zonadenoticias leo y releo diariamente siempre con placer, me pidió una crónica breve sobre el accidentado periplo bostoniano. Hela aquí.

Links: Intermezzo

 

[Nov 03, 2007, @ diegotrellespaz.com]

Dos textos a propósito de En busca del héroe (1975-2007) Antología fotográfica de Jorge Deustua

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Hace unos meses recibí la invitación generosa de mi ex profesor de fotografía, hincha leal del Muni y muy querido amigo Jorge Deustua para participar en su retrospectiva fotográfica En busca del héroe , y le propuse escribir un díptico a partir de dos imágenes por las que siento una especial devoción. La muestra de Jorge se inaugura este 7 de noviembre en el marco del “VI Festival Internacional de Fotografía Mirafoto” en el ICPNA de Miraflores y, el próximo año, recorrerá las ciudades de Canberra, Sydney y París. Los textos que vienen a continuación aparecerán en el próximo número de la revista Quehacer y son el resultado de aquel respetuoso y sentido experimento.

 

I

Villa Rica

 

De una de las paredes de mi apartamento cuelga la imagen de un anciano doliente cuyos ojos redondos y acuosos miran a la cámara como si estuvieran delante de un fusil.

Hay una historia terrible detrás de esa mirada que me escruta y me interroga y me persigue por todos los rincones del espacio: un relato que esos ojos descubren y que no podría narrarse de otra forma porque ninguna palabra es suficiente para abarcar su horror.

Une oasis d'horreur dans un désert d'ennui! escribió Baudelaire y la imagen de ese verso se congela en mi mente cuando estoy a diez centímetros de él.

Esto es lo que sé, le digo.

Horas antes de este instante, usted negó e imploró por su vida ante los senderistas que irrumpieron en su hogar en Villa Rica. Quien lo observa bien podría ignorar aquella desgracia de la misma manera en que se tendió a ignorar la historia dolorosa de hombres, mujeres y niños que fueron sacrificados por el terrorismo y por el Estado peruano. Gente que no existe: seres humanos invisibles de una fábula negra y truculenta que es mejor callar porque nos obliga a mirar hacia atrás y trae de vuelta ese pasado ominoso que acusa, ese pasado triste y desbocado que, para muchos, es sólo un mal sueño y es mejor enterrar ante el brilloso crecimiento de la capital.

Pero esta su mirada y con ella (o bajo ella) convivirá quien se acerque a observarlo buscando entender. Y está también el hombre que apunta y capta ese fragmento de dolor como si fuera propio.

Yo lo conozco, le digo; la historia me la contó él.

Su nombre es Jorge Deustua, es hincha del Muni y nos invita a asomarnos, como si dentro del marco, en vez de un anciano asustado hubiera un espejo.

La mayor virtud de esta fotografía poderosa es algo que podría definir la naturaleza entera de su obra: la forma precisa en la que puede capturar las más desgarradoras (o tiernas o incomprensibles) sensaciones humanas y devolverlas al espectador en su más sobrecogedora desnudez, como si al mirarlas algo invisible y profundamente hondo brotara de ese intercambio visual y, enfrentándonos, se instalara en nosotros.

Ese hombre podría ser yo. El dolor de ese hombre podría pertenecernos a todos los peruanos.

Es necesario observar las heridas frente el espejo para sanarlas.

 

 

II

Julio Ramón. Rue du Dragon

 

Julio Ramón no te huye, Jorge, pero tampoco sonreirá para ti.

No mientras lleves sobre el pecho ese ojo de vidrio que busca capturar la sonrisa de ese hombre silente que vive arropado por la melancolía.

Esto es París y estamos en 1980. Tienes el pelo negro y alborotado, llevas unas fotografías para él. Ribeyro ya es ese escritor retraído y luminoso que en Lima, mientras toda la patota del barrio de Contralmirante Villar boxeaba en casa de don Jorge de la Puente, cruzaba el garaje modoso y de puntitas, en busca de los cigarrillos que le tenían prohibido fumar.

Don Jorge de la Puente, su cuñado, era entrenador del San Antonio de Miraflores y tú sospechas que pudo inspirar al capitán de Los geniecillos dominicales . Julio Ramón pasó algunos veranos con él pero tú nunca lo viste, tú no estabas ahí.

Ustedes tienen esta relación invisible: en tu casa, en la sobremesa, luego del almuerzo dominical, tus padres te leen sus cuentos y en ti brota una admiración natural por un fantasma que habita en Francia huyéndole a la gloria. El discreto Ribeyro ni sospecha de tu existencia. Piensa, escribe, en sus Prosas apátridas : « la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma ». Ahora, imaginemos, él que es un gran lector de diarios, él que vivió escribiendo uno, abre una página cualquiera de los Diarios de Kafka y relee:

«No puedo seguir... Me encuentro en el límite definitivo, ante el cual quizás deba permanecer décadas enteras para empezar una vez más una nueva historia que quedará inconclusa. Este destino me está persiguiendo. También vuelvo a estar frío e insensible, sólo permanece el senil amor por el descanso total. Y como un animal separado por completo del hombre, ya estoy moviendo de nuevo el cuello y quiero intentar recuperar a Felice para este interludio. Y lo intentaré de verdad, siempre que el malestar por sí mismo no me lo impida.»

Julio Ramón se conmueve. Piensa en Felice y recuerda a C. y, luego, casi por inercia, a la joven Mimí en su humilde chambre estudiantil, con el cigarro insolente resbalando de sus dedos. « Hay algo que anda mal en mí y que me hace inepto para la felicidad. Mis goces más puros están repartidos entre mis recuerdos y mis proyectos. El presente me fastidia, porque no lo siento .»

Son sus palabras y esto es el presente, Jorge. Caminas hacia las oficinas de la UNESCO en París, tienes una carpeta con las fotos que le tomaste al San Antonio en la cancha de San Isidro y, en tu cabeza, las anécdotas de toda la patota de Contralmirante Villar. No crees en fantasmas, nunca viste uno. Llevas el ojo de vidrio sobre el pecho, listo para disparar y entonces aparece él, Julio Ramón, que recibe tus fotos como si le quemaran las manos al tocarlas. Tu presencia le incomoda, piensas y te equivocas.

« Cuando uno se ha acostumbrado al diálogo interior, es doloroso interrumpirlo » leerás más tarde en La tentación del fracaso . Ribeyro ya ha muerto, París se difuminó para ambos y tú sonríes ahora recordándolo porque, con el tiempo, caminando a su lado por esas solitarias callecitas parisinas o en un barcito perdido de la rue du Cherche-Midi , frente a una copa de vino y entre conversaciones sobre el arquero Padrón y el Cholo Sotil, entendiste que Julio Ramón te apreciaba y, aunque su timidez lo ahogaba y se esforzaba por distanciar el ojo de vidrio que disparabas y disparabas por si un día desaparecía para siempre, se sentía secretamente halagado: la gloria azarosa y el destino lo iban persiguiendo aunque el discreto Ribeyro tuviera y, aceptara sin rencores, su sino kafkiano.

Un día de invierno entraste con Julio Ramón a una botillería en la Rue du Dragon. Lo observaste de perfil, entre los brazos cargaba un manuscrito y en el techo, justo arriba de sus cabellos, los tentáculos de un pulpo de fantasía parecían coronarlo en silencio. Tu instinto de fotógrafo te advirtió del momento. Julio Ramón seguía dándote la espalda, miraba los vinos del estante sin entusiasmo, no te sospechaba detrás suyo. Cuando volteó, vio a ese chiquillo pelucón y entusiasta que se protegía tras la cámara y osaba negarlo como fantasma.

Julio Ramón se conmovió, una vez más. Apretó el manuscrito contra su pecho. Vencido por tu perseverancia, escondió las manos entre los codos y ya no te quitó la vista de encima. Estrechó esa alianza muda contigo, Jorge, cuando menos lo esperabas, y supo decírtelo sin palabras en el momento en que enfrentando a la cámara, casi sin darse cuenta, su sonrisa asomó.

Brooklyn-Austin, 2007.

 

[Sep 19, 2007, @ diegotrellespaz.com]

Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que están en los cielos.

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Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que están en los cielos.

Mi nombre es Diego Trelles Paz, tengo 30 años, soy escritor y, desde hace un tiempo, tengo esta sincera curiosidad que me frustra, me deprime, me amarga los días y, en las noches, además de generarme pesadillas horrendas donde veo logias y sectas de letrados seudo nobles haciendo el mal, le produce a mi cuerpo diarreas y fiebres y convulsiones y escalofríos constantes así como de angustia y de ansiedad. Ergo : deben tomar en cuenta que les escribe un convaleciente y que esta pregunta es una cuestión delicada en donde se me podría ir la vida o la salud mental. Bien, sin más rodeos, aquí se las suelto:

¿Cuáles son los requisitos y parámetros que esta honorable y prestigiosísima entidad de las Letras Peruanas requiere para que un escritor (digamos, como yo) sea tomado en cuenta?

O mejor:

Cuando ustedes se reúnen y, de esa manera tan desinteresada y esa amplitud de miras que los caracteriza, deciden a quién extender esas invitaciones que llegan al Perú para que sus autores viajen y hablen de sus obras y hagan esas cosas que hacen los escritores mientras no escriben, cuando pasan por ese tortuoso proceso de selección, les pregunto, mis caros señores, ¿cómo hacen?

Es decir: ¿cuáles son esos altos y sofisticados y modernos criterios que ustedes emplean para decidir estas cosas que sólo ustedes saben cómo decidir, sin contárselas a nadie y, al parecer, siguiendo el popular y tiránico método del sí porque sí ?

Y es que yo veo y reflexiono y me golpeo fuertísimo la cabeza contra los muros de mi casa tratando de entender y no, pues, no me sale, no entiendo. Leo el nombre de su institución: Cámara Peruana del Libro y luego me pregunto y me respondo a mí mismo: A ver, Diego, ¿eres peruano? Sí. ¿Escribes? Un poco. ¿Por ejemplo? He publicado dos novelitas simpáticas; una en Lima y la otra en España. ¿Y eso a quién le importa? A nadie, con las justas a mi familia y a mi perro Onetti. ¿Por qué, entonces, estás jodiendo a estos señores tan entusiastas y bondadosos con esas preguntas impertinentes? ¿Qué es lo que quieres? Entender. Una explicación amable. Una palabra de aliento para no desmoronarme.

Yo, desde luego, exagero, soy un histérico, me río me sonrío como diría Pablo (poeta, como saben, un peldaño por debajo de Cesitar y del buen Nicanor que-nunca-de-los-nuncas-se-muera-Amén ). Debo decir, pues, a favor de estos magistrados literarios, que yo les tengo tanto o más cariño que el mismísimo Fernando Vallejo (uno de los últimos iluminados): un cariño vasto y rencoroso que se ha ido fortaleciendo con la espera.

¿Espera de qué o de quién? Oh, una espera silenciosa (que rima con respetuosa), una espera que me hizo pensar mucho en la manera como el mísero Coronel aguarda la carta del gobierno colombiano que nunca llega (y ya sé que exagero pero tengo ganas). Yo, pues, no esperaba una pensión militar como el Coronel, esperaba una invitación piadosa para disfrazarme —por un ratito— de joven peruano pensante, ¿o es eso mucho pedir?... Y es que, debo confesarlo, no sin rubor: la Cámara, la insigne Cámara de mis amores, no quiere invitarme a ningún lado y lo peor de todo es que ni siquiera lo sospecha (de hecho, en estos momentos, apuesto la mano izquierda a que deben estarse preguntando: ‘ y este cojudo, ¿quién es? ').

Bueno, este cojudo, si me permiten un breve acceso de vanidad, es uno de los tres jóvenes escritores peruanos que ha publicado en España —sin padrino, por si acaso— y es el único al que, ustedes, burócratas majaderos, no le hacen caso. Ahora viene la pregunta del millón: ¿es un mérito publicar en España? No debería serlo. Depende mucho de la suerte y del empeño y, a veces, ni siquiera de eso. Digamos, pues, que no es relevante; digamos, incluso, que es completamente accesorio porque lo que debe prevalecer en toda selección es la calidad y, con ello, vamos a suponer que estos amables señoritingos de la Cámara leen constantemente los libros de los autores que escogen (y aquel que diga que no o sugiera que se guían de las secciones culturales de los diarios porque no leen ni por error, arderá en la hoguera).

Pues, bien, quedamos en que mis amigos, los magistrados, leen, leen muchísimo, leen tanto que los ojos se les ponen rojos así como si hubieran fumado hierbita santa, y hacen un trabajo de investigación tan cuidadoso que hasta se dan el lujo de invitar a estas Ferias a escritores… ¡inéditos!

¡Válgame Dios, maravillas del Perú! O sea que estos capos galantes no sólo seleccionan sino que, adaptándose al mundo moderno en donde, claro, hay que saber un poquito de todo para alcanzar el éxito, poseen la clarividencia del visionario y están en la capacidad de descubrir talentos. Y esto, por favor —no se me malentienda— lo considero loable, digno de sacarse el sombrero, proeza de pocos hombres.

Me gustaría, sí, hacerles a estos señores una preguntita peregrina y un poco ingenua: ¿no es un poco ilógico invitar a escritores inéditos a la Feria de Guadalajara (2005) y a la próxima Feria Líber de Barcelona (2007), y dejar fuera del cupo a los éditos? Se los pregunta un cojudo que ha sido sistemáticamente ignorado por ustedes de todas las Ferias Internacionales en las que viene participando Perú como invitado desde 2005 [tomar nota, por favor: XXVI edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile (2005); 21 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2005); y Feria Internacional del Libro Líber de Barcelona (2007)]; el mismo cojudo que en la Feria del Libro en Lima (2006) tuvo que hacer su solicitud para presentar la novela que trajo él mismo desde España, la sacó con sus propias manitos de la aduana del Callao y no fue invitado a participar de ninguna de las cincuenta mesas que se formaron en el evento.

Como yo tengo la impresión de que este cojudo no es tan cojudo como parece pero sí, quizás, un poco ingenuo, cumplo con informarle al amable lector que, por lo menos en dos ocasiones, mandó sendos correos a los zares de la Cámara solicitando una consideración en las nóminas pues —pensaba— él tenía tanto derecho como cualquier escritor peruano (y no entremos ahora en el tema de los escritores de provincia excluidos porque eso sí que da para llorar largo y tendido) a ser considerado por esta entidad para participar en estos eventos. Se equivocó, desde luego, el Perú funciona como el mundo onírico de Alicia en el País de las Maravillas y, para entender a mis amigos de la Cámara, me temo que debo interpretar la manera como funciona su peculiar mecanismo de selección.

El asunto es muy simple: si usted es escritor, tiene nacionalidad peruana, y cree que podría ser invitado a un evento literario internacional para hablar de su obra, tiene tres opciones para conseguirlo. Imaginemos ahora, pues, que éste es el Manual Secreto para Seleccionar a los Escritores Viajantes de la Cámara Peruana del Libro y que yo, para su beneplácito o para su horror, lo he robado y voy a hacerlo público. Lo que transcribo a continuación diría, más o menos, así:

----------“Amigo escritor peruano, ¿deseas ir al extranjero a representar a nuestro país, cumplir el deseo de leer tus obras frente a colegas y especialistas internacionales, promover nuestra bella cultura en otros territorios? Pues… ¡es muy fácil! Simplemente tienes que cumplir con uno de los siguientes requisitos:

----------a) Ganar un premio internacional de narrativa o de poesía. Si es de España, ni se diga.

----------b) Ser amigo, chochera, causita o, bien, achichincle de esos escritores con cara-de-aflicción-permanente que tienen un cupo vitalicio en todos las Ferias y los eventos en el extranjero. No importa, desde luego, que no hayan escrito nada en diez años o si, lo que escribieron, sólo les gustó a sus editores y a los amigos de sus amigos, eso es irrelevante: ir a una Feria Internacional representando al Perú es como pasarle la voz a los patas para jugar una pichanga en el parque: juegan sólo los del barrio.

----------c) Ser anciano y venerable. Debes tener en cuenta que si estás a punto de morirte, tienes un plus extra y tus posibilidades de ser elegido son las óptimas.”

Desde luego: soy injusto y cruel, abuso de la imaginación, interpreto mal, tergiverso. Así no es. Si ya leyó lo anterior, olvídelo: estaba jugando. ¿Qué puedo saber yo de esas cosas? Nada, absolutamente nada. Mejor callar, sonreír para que nadie se ofenda, los escritores son seres excepcionalmente sensibles, ¡y ni se diga de los funcionarios de la Cámara!

Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que en paz descansen, discúlpenme por favor por haber desconfiado de su honorabilidad. Será la primera y la última vez que lo haga. No se diga más: dejemos así las cosas, estas tonterías no tienen nada que ver con la literatura y ustedes, que leen hasta en sueños, lo saben mejor que yo. Me gustaría, sí, que me respondieran la pregunta del inicio para despejar mis últimas dudas:

¿Cuáles son los requisitos y parámetros que esta honorable y prestigiosísima entidad de las letras peruanas requiere para que un escritor (digamos, como yo) sea tomado en cuenta?

 

 
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