[Mar 24, 2008, @ diegotrellespaz.com]
Tres latinos en la taberna de Bukowski
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Luego de un viaje familiar que incluyó cuatro ciudades (New Orleans, Boston, New York y Washington), y tras la salida del quinto número de la revista peruana Intermezzo Tropical, el buen Paolo de Lima, poeta y Blogger cuyo zonadenoticias leo y releo diariamente siempre con placer, me pidió una crónica breve sobre el accidentado periplo bostoniano. Hela aquí.
Links: Intermezzo

[Nov 03, 2007, @ diegotrellespaz.com]
Dos textos a propósito de En busca del héroe (1975-2007) Antología fotográfica de Jorge Deustua
----------------------------------------------------------------------------------------------- Hace unos meses recibí la invitación generosa de mi ex profesor de fotografía, hincha leal del Muni y muy querido amigo Jorge Deustua para participar en su retrospectiva fotográfica En busca del héroe , y le propuse escribir un díptico a partir de dos imágenes por las que siento una especial devoción. La muestra de Jorge se inaugura este 7 de noviembre en el marco del “VI Festival Internacional de Fotografía Mirafoto” en el ICPNA de Miraflores y, el próximo año, recorrerá las ciudades de Canberra, Sydney y París. Los textos que vienen a continuación aparecerán en el próximo número de la revista Quehacer y son el resultado de aquel respetuoso y sentido experimento.
I
Villa Rica
De una de las paredes de mi apartamento cuelga la imagen de un anciano doliente cuyos ojos redondos y acuosos miran a la cámara como si estuvieran delante de un fusil.
Hay una historia terrible detrás de esa mirada que me escruta y me interroga y me persigue por todos los rincones del espacio: un relato que esos ojos descubren y que no podría narrarse de otra forma porque ninguna palabra es suficiente para abarcar su horror.
Une oasis d'horreur dans un désert d'ennui! escribió Baudelaire y la imagen de ese verso se congela en mi mente cuando estoy a diez centímetros de él.
Esto es lo que sé, le digo.
Horas antes de este instante, usted negó e imploró por su vida ante los senderistas que irrumpieron en su hogar en Villa Rica. Quien lo observa bien podría ignorar aquella desgracia de la misma manera en que se tendió a ignorar la historia dolorosa de hombres, mujeres y niños que fueron sacrificados por el terrorismo y por el Estado peruano. Gente que no existe: seres humanos invisibles de una fábula negra y truculenta que es mejor callar porque nos obliga a mirar hacia atrás y trae de vuelta ese pasado ominoso que acusa, ese pasado triste y desbocado que, para muchos, es sólo un mal sueño y es mejor enterrar ante el brilloso crecimiento de la capital.
Pero esta su mirada y con ella (o bajo ella) convivirá quien se acerque a observarlo buscando entender. Y está también el hombre que apunta y capta ese fragmento de dolor como si fuera propio.
Yo lo conozco, le digo; la historia me la contó él.
Su nombre es Jorge Deustua, es hincha del Muni y nos invita a asomarnos, como si dentro del marco, en vez de un anciano asustado hubiera un espejo.
La mayor virtud de esta fotografía poderosa es algo que podría definir la naturaleza entera de su obra: la forma precisa en la que puede capturar las más desgarradoras (o tiernas o incomprensibles) sensaciones humanas y devolverlas al espectador en su más sobrecogedora desnudez, como si al mirarlas algo invisible y profundamente hondo brotara de ese intercambio visual y, enfrentándonos, se instalara en nosotros.
Ese hombre podría ser yo. El dolor de ese hombre podría pertenecernos a todos los peruanos.
Es necesario observar las heridas frente el espejo para sanarlas.

II
Julio Ramón. Rue du Dragon
Julio Ramón no te huye, Jorge, pero tampoco sonreirá para ti.
No mientras lleves sobre el pecho ese ojo de vidrio que busca capturar la sonrisa de ese hombre silente que vive arropado por la melancolía.
Esto es París y estamos en 1980. Tienes el pelo negro y alborotado, llevas unas fotografías para él. Ribeyro ya es ese escritor retraído y luminoso que en Lima, mientras toda la patota del barrio de Contralmirante Villar boxeaba en casa de don Jorge de la Puente, cruzaba el garaje modoso y de puntitas, en busca de los cigarrillos que le tenían prohibido fumar.
Don Jorge de la Puente, su cuñado, era entrenador del San Antonio de Miraflores y tú sospechas que pudo inspirar al capitán de Los geniecillos dominicales . Julio Ramón pasó algunos veranos con él pero tú nunca lo viste, tú no estabas ahí.
Ustedes tienen esta relación invisible: en tu casa, en la sobremesa, luego del almuerzo dominical, tus padres te leen sus cuentos y en ti brota una admiración natural por un fantasma que habita en Francia huyéndole a la gloria. El discreto Ribeyro ni sospecha de tu existencia. Piensa, escribe, en sus Prosas apátridas : « la gloria literaria es una lotería y la perduración artística un enigma ». Ahora, imaginemos, él que es un gran lector de diarios, él que vivió escribiendo uno, abre una página cualquiera de los Diarios de Kafka y relee:
«No puedo seguir... Me encuentro en el límite definitivo, ante el cual quizás deba permanecer décadas enteras para empezar una vez más una nueva historia que quedará inconclusa. Este destino me está persiguiendo. También vuelvo a estar frío e insensible, sólo permanece el senil amor por el descanso total. Y como un animal separado por completo del hombre, ya estoy moviendo de nuevo el cuello y quiero intentar recuperar a Felice para este interludio. Y lo intentaré de verdad, siempre que el malestar por sí mismo no me lo impida.»
Julio Ramón se conmueve. Piensa en Felice y recuerda a C. y, luego, casi por inercia, a la joven Mimí en su humilde chambre estudiantil, con el cigarro insolente resbalando de sus dedos. « Hay algo que anda mal en mí y que me hace inepto para la felicidad. Mis goces más puros están repartidos entre mis recuerdos y mis proyectos. El presente me fastidia, porque no lo siento .»
Son sus palabras y esto es el presente, Jorge. Caminas hacia las oficinas de la UNESCO en París, tienes una carpeta con las fotos que le tomaste al San Antonio en la cancha de San Isidro y, en tu cabeza, las anécdotas de toda la patota de Contralmirante Villar. No crees en fantasmas, nunca viste uno. Llevas el ojo de vidrio sobre el pecho, listo para disparar y entonces aparece él, Julio Ramón, que recibe tus fotos como si le quemaran las manos al tocarlas. Tu presencia le incomoda, piensas y te equivocas.
« Cuando uno se ha acostumbrado al diálogo interior, es doloroso interrumpirlo » leerás más tarde en La tentación del fracaso . Ribeyro ya ha muerto, París se difuminó para ambos y tú sonríes ahora recordándolo porque, con el tiempo, caminando a su lado por esas solitarias callecitas parisinas o en un barcito perdido de la rue du Cherche-Midi , frente a una copa de vino y entre conversaciones sobre el arquero Padrón y el Cholo Sotil, entendiste que Julio Ramón te apreciaba y, aunque su timidez lo ahogaba y se esforzaba por distanciar el ojo de vidrio que disparabas y disparabas por si un día desaparecía para siempre, se sentía secretamente halagado: la gloria azarosa y el destino lo iban persiguiendo aunque el discreto Ribeyro tuviera y, aceptara sin rencores, su sino kafkiano.
Un día de invierno entraste con Julio Ramón a una botillería en la Rue du Dragon. Lo observaste de perfil, entre los brazos cargaba un manuscrito y en el techo, justo arriba de sus cabellos, los tentáculos de un pulpo de fantasía parecían coronarlo en silencio. Tu instinto de fotógrafo te advirtió del momento. Julio Ramón seguía dándote la espalda, miraba los vinos del estante sin entusiasmo, no te sospechaba detrás suyo. Cuando volteó, vio a ese chiquillo pelucón y entusiasta que se protegía tras la cámara y osaba negarlo como fantasma.
Julio Ramón se conmovió, una vez más. Apretó el manuscrito contra su pecho. Vencido por tu perseverancia, escondió las manos entre los codos y ya no te quitó la vista de encima. Estrechó esa alianza muda contigo, Jorge, cuando menos lo esperabas, y supo decírtelo sin palabras en el momento en que enfrentando a la cámara, casi sin darse cuenta, su sonrisa asomó.
Brooklyn-Austin, 2007.

[Sep 19, 2007, @ diegotrellespaz.com]
Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que están en los cielos.
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Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que están en los cielos.
Mi nombre es Diego Trelles Paz, tengo 30 años, soy escritor y, desde hace un tiempo, tengo esta sincera curiosidad que me frustra, me deprime, me amarga los días y, en las noches, además de generarme pesadillas horrendas donde veo logias y sectas de letrados seudo nobles haciendo el mal, le produce a mi cuerpo diarreas y fiebres y convulsiones y escalofríos constantes así como de angustia y de ansiedad. Ergo : deben tomar en cuenta que les escribe un convaleciente y que esta pregunta es una cuestión delicada en donde se me podría ir la vida o la salud mental. Bien, sin más rodeos, aquí se las suelto:
¿Cuáles son los requisitos y parámetros que esta honorable y prestigiosísima entidad de las Letras Peruanas requiere para que un escritor (digamos, como yo) sea tomado en cuenta?
O mejor:
Cuando ustedes se reúnen y, de esa manera tan desinteresada y esa amplitud de miras que los caracteriza, deciden a quién extender esas invitaciones que llegan al Perú para que sus autores viajen y hablen de sus obras y hagan esas cosas que hacen los escritores mientras no escriben, cuando pasan por ese tortuoso proceso de selección, les pregunto, mis caros señores, ¿cómo hacen?
Es decir: ¿cuáles son esos altos y sofisticados y modernos criterios que ustedes emplean para decidir estas cosas que sólo ustedes saben cómo decidir, sin contárselas a nadie y, al parecer, siguiendo el popular y tiránico método del sí porque sí ?
Y es que yo veo y reflexiono y me golpeo fuertísimo la cabeza contra los muros de mi casa tratando de entender y no, pues, no me sale, no entiendo. Leo el nombre de su institución: Cámara Peruana del Libro y luego me pregunto y me respondo a mí mismo: A ver, Diego, ¿eres peruano? Sí. ¿Escribes? Un poco. ¿Por ejemplo? He publicado dos novelitas simpáticas; una en Lima y la otra en España. ¿Y eso a quién le importa? A nadie, con las justas a mi familia y a mi perro Onetti. ¿Por qué, entonces, estás jodiendo a estos señores tan entusiastas y bondadosos con esas preguntas impertinentes? ¿Qué es lo que quieres? Entender. Una explicación amable. Una palabra de aliento para no desmoronarme.
Yo, desde luego, exagero, soy un histérico, me río me sonrío como diría Pablo (poeta, como saben, un peldaño por debajo de Cesitar y del buen Nicanor que-nunca-de-los-nuncas-se-muera-Amén ). Debo decir, pues, a favor de estos magistrados literarios, que yo les tengo tanto o más cariño que el mismísimo Fernando Vallejo (uno de los últimos iluminados): un cariño vasto y rencoroso que se ha ido fortaleciendo con la espera.
¿Espera de qué o de quién? Oh, una espera silenciosa (que rima con respetuosa), una espera que me hizo pensar mucho en la manera como el mísero Coronel aguarda la carta del gobierno colombiano que nunca llega (y ya sé que exagero pero tengo ganas). Yo, pues, no esperaba una pensión militar como el Coronel, esperaba una invitación piadosa para disfrazarme —por un ratito— de joven peruano pensante, ¿o es eso mucho pedir?... Y es que, debo confesarlo, no sin rubor: la Cámara, la insigne Cámara de mis amores, no quiere invitarme a ningún lado y lo peor de todo es que ni siquiera lo sospecha (de hecho, en estos momentos, apuesto la mano izquierda a que deben estarse preguntando: ‘ y este cojudo, ¿quién es? ').
Bueno, este cojudo, si me permiten un breve acceso de vanidad, es uno de los tres jóvenes escritores peruanos que ha publicado en España —sin padrino, por si acaso— y es el único al que, ustedes, burócratas majaderos, no le hacen caso. Ahora viene la pregunta del millón: ¿es un mérito publicar en España? No debería serlo. Depende mucho de la suerte y del empeño y, a veces, ni siquiera de eso. Digamos, pues, que no es relevante; digamos, incluso, que es completamente accesorio porque lo que debe prevalecer en toda selección es la calidad y, con ello, vamos a suponer que estos amables señoritingos de la Cámara leen constantemente los libros de los autores que escogen (y aquel que diga que no o sugiera que se guían de las secciones culturales de los diarios porque no leen ni por error, arderá en la hoguera).
Pues, bien, quedamos en que mis amigos, los magistrados, leen, leen muchísimo, leen tanto que los ojos se les ponen rojos así como si hubieran fumado hierbita santa, y hacen un trabajo de investigación tan cuidadoso que hasta se dan el lujo de invitar a estas Ferias a escritores… ¡inéditos!
¡Válgame Dios, maravillas del Perú! O sea que estos capos galantes no sólo seleccionan sino que, adaptándose al mundo moderno en donde, claro, hay que saber un poquito de todo para alcanzar el éxito, poseen la clarividencia del visionario y están en la capacidad de descubrir talentos. Y esto, por favor —no se me malentienda— lo considero loable, digno de sacarse el sombrero, proeza de pocos hombres.
Me gustaría, sí, hacerles a estos señores una preguntita peregrina y un poco ingenua: ¿no es un poco ilógico invitar a escritores inéditos a la Feria de Guadalajara (2005) y a la próxima Feria Líber de Barcelona (2007), y dejar fuera del cupo a los éditos? Se los pregunta un cojudo que ha sido sistemáticamente ignorado por ustedes de todas las Ferias Internacionales en las que viene participando Perú como invitado desde 2005 [tomar nota, por favor: XXVI edición de la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile (2005); 21 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2005); y Feria Internacional del Libro Líber de Barcelona (2007)]; el mismo cojudo que en la Feria del Libro en Lima (2006) tuvo que hacer su solicitud para presentar la novela que trajo él mismo desde España, la sacó con sus propias manitos de la aduana del Callao y no fue invitado a participar de ninguna de las cincuenta mesas que se formaron en el evento.
Como yo tengo la impresión de que este cojudo no es tan cojudo como parece pero sí, quizás, un poco ingenuo, cumplo con informarle al amable lector que, por lo menos en dos ocasiones, mandó sendos correos a los zares de la Cámara solicitando una consideración en las nóminas pues —pensaba— él tenía tanto derecho como cualquier escritor peruano (y no entremos ahora en el tema de los escritores de provincia excluidos porque eso sí que da para llorar largo y tendido) a ser considerado por esta entidad para participar en estos eventos. Se equivocó, desde luego, el Perú funciona como el mundo onírico de Alicia en el País de las Maravillas y, para entender a mis amigos de la Cámara, me temo que debo interpretar la manera como funciona su peculiar mecanismo de selección.
El asunto es muy simple: si usted es escritor, tiene nacionalidad peruana, y cree que podría ser invitado a un evento literario internacional para hablar de su obra, tiene tres opciones para conseguirlo. Imaginemos ahora, pues, que éste es el Manual Secreto para Seleccionar a los Escritores Viajantes de la Cámara Peruana del Libro y que yo, para su beneplácito o para su horror, lo he robado y voy a hacerlo público. Lo que transcribo a continuación diría, más o menos, así:
----------“Amigo escritor peruano, ¿deseas ir al extranjero a representar a nuestro país, cumplir el deseo de leer tus obras frente a colegas y especialistas internacionales, promover nuestra bella cultura en otros territorios? Pues… ¡es muy fácil! Simplemente tienes que cumplir con uno de los siguientes requisitos:
----------a) Ganar un premio internacional de narrativa o de poesía. Si es de España, ni se diga.
----------b) Ser amigo, chochera, causita o, bien, achichincle de esos escritores con cara-de-aflicción-permanente que tienen un cupo vitalicio en todos las Ferias y los eventos en el extranjero. No importa, desde luego, que no hayan escrito nada en diez años o si, lo que escribieron, sólo les gustó a sus editores y a los amigos de sus amigos, eso es irrelevante: ir a una Feria Internacional representando al Perú es como pasarle la voz a los patas para jugar una pichanga en el parque: juegan sólo los del barrio.
----------c) Ser anciano y venerable. Debes tener en cuenta que si estás a punto de morirte, tienes un plus extra y tus posibilidades de ser elegido son las óptimas.”
Desde luego: soy injusto y cruel, abuso de la imaginación, interpreto mal, tergiverso. Así no es. Si ya leyó lo anterior, olvídelo: estaba jugando. ¿Qué puedo saber yo de esas cosas? Nada, absolutamente nada. Mejor callar, sonreír para que nadie se ofenda, los escritores son seres excepcionalmente sensibles, ¡y ni se diga de los funcionarios de la Cámara!
Estimados señores de la Cámara Peruana del Libro que en paz descansen, discúlpenme por favor por haber desconfiado de su honorabilidad. Será la primera y la última vez que lo haga. No se diga más: dejemos así las cosas, estas tonterías no tienen nada que ver con la literatura y ustedes, que leen hasta en sueños, lo saben mejor que yo. Me gustaría, sí, que me respondieran la pregunta del inicio para despejar mis últimas dudas:
¿Cuáles son los requisitos y parámetros que esta honorable y prestigiosísima entidad de las letras peruanas requiere para que un escritor (digamos, como yo) sea tomado en cuenta?
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