HUDSON EL REDENDOR (Y OTRO RELATOS EDIFICANTES SOBRE EL FRACASO)
Diego Trelles Paz. Hudson el redentor. Caleta Libros, 127 pp.
Por Pablo Brescia (University of South Florida)
Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso), libro que bien puede ser concebido como un polifónico experimento con la forma novelística o como un unitario aunque diverso libro de cuentos, hace de su situación un grito geográfico: es Perú, es Lima, es el barrio de Magdalena del Mar (pero también es muchos otros barrios y parajes como San Miguel, San Isidro, Miraflores y Barranco). A pesar de esa cercanía con el referente inmediato, esta serie de textos intensos y agónicos no retrata nada aunque sea realista y no busca la mirada de la ventana sino que promete ahondar en las profundidades de los cuerpos y de las almas de sus personajes. Intenta ser, fundamentalmente, una exploración de la geografía urbana limeña observada desde uno de los corazones de la ficción: un circuito de historias todas relacionadas y todas independientes, simultáneamente.
La geografía que trazan estas líneas propone varios microclimas. En primer t*érmino, existe una dimensión sexual presente en casi todos los relatos que nos guía hacia el conflicto amoroso central entre el Mango y el Chato por el ¿amor? de Laura, ese objeto de deseo que es motor narrativo del libro. Otro territorio de este paraje geográfico son las mujeres que Hudson, el fantasmal escritor deambulador de calles y bares, no reconoce o no recuerda. Y hay que agregar al personaje de Goyito, un homosexual que ama al Cadete/Guajira y que, luego de una fiesta de excesos, alcanza un sueño preciado: tener sexo oral con él.
Shhp…shhp…shhp … Hasta abajo… Todo, todo… shhp…shhp …¡Cabro pendejo eres! ¿no?… Borracho me agarras, y arrecho… shhp … Esto sólo lo haría contigo Guajira, no sabes ¡Chupa, carajo! ¡No hables!… shhp…shhp … Cabro conchatumadre carajo… shhp…shhp ... Me vienes con billeteras y terminas así… ¡cof! ¡cof !… Ya te atoraste ¿ah? Conchatu… ¡Tú quieres que sea como tú! ¿ah? ¡No… no!… (38)
La lectura de este pasaje/paisaje nos lleva a detenernos en otro microclima de la geografía propuesta por Trelles Paz: la del lenguaje. La cita anterior es un buen ejemplo del lenguaje que circula por las páginas de este libro: directo y sin concesiones, le es fiel a la voz que cada personaje encarna. Los “peruanismos” que pululan por el texto (los rayas, un pata, chotear, etc) en boca de personajes como el Gordo, Raymond, Mili, el Dogo y otros le dan al libro un tinte genuino sin hacerlo localista o regionalista. En tanto, el equilibrio entre el ser humano local y el humanismo universal aparece bastante bien logrado en Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) y se percibe además en la caldera de otro microclima, el racial. Todos somos peruanos y todos somos distintos, podría decir uno de los personajes de esta novela: hay epítetos para negros, cholos, indios, zambos y blancos, todos en permamente conflicto y en permanente búsqueda de señas de identidad que les permitan reconocerse.
Ese reconocimiento se logra, en parte y sólo precariamente, mediante el trazado nervioso de tres parajes menores (digámoslo así) pero de importancia clave en la geografía de la novela: el consumo adictivo (alcohol, marihuana y cocaína), la pasión incendiaria del fútbol y la dinámica del grupo social, en este caso adolescente. El primero permea todos los relatos, desde la iniciación adolescente a la “hierba” hasta las furtivas y desesperantes escapadas a los baños en busca de una línea de cocaína. Es como si los personajes de este libro intentaran mitigar el dolor de ser con sobredosis de sensaciones que tienen una trascendencia de espejismo.
El fútbol es protagonista principal de las historias de estos personajes. El juego aparece como tema de conversación, rivalidad y nostalgia permanentes y, además, para José “Maravilla” Lescano, el hermano de Laura y jugador del club Universitario de Perú, en un momento habría podido representar la salvación. Pero, aunque el fútbol sirve como un horizonte más benigno que el de las drogas, hacia el final del relato mayor aparece igualmente viciado y termina siendo uno de los discursos donde Trelles Paz imbrica violencia, drogas, corrupción y una ética paraapocalíptica. En “La peste y el fútbol”, la sección seis del libro y una de las más disfrutables para el lector y para el aficionado al fútbol, el autor combina hábilmente el fluir de la conciencia en el discurso de un moribundo José (ya deshecho como futbolista y ahora fallido cómplice de un intento de secuestro) con un diálogo entre un periodista partidario del régimen de Fujimori (Venero) y su hijo Ricardito, con la “transcripción' del relato de un partido de fútbol entre Universitario de Lima y Sporting Cristal.
(…Atención que se va Cristal con todo, la U se defiende como puede. Ferrari con Soto, Soto con Hidalgo, Hidalgo con Noriega. Esto es un maremoto celeste. La U con diez saca las garras, las uñas, los dientes para conservar el 2 a 0. Nueve minutos señores, pelotera en el área crema, se jalan, se agarran, se empujan, cuidado con Julinho, viooolento disparo que rechaza Ibánez a medias, cuidado que le queda picando a Hidalgo que remata con tooodoooooooooooooo
- ¡Gol, gol, gol! - repite Venero eufórico, sacando la cara por la ventana del auto.
Habría que agregar que esta mezcla apunta también a otra de las características de la novela: la multiplicidad de registros narrativos. Hay diarios (el de Laura), fragmentos narrativos trastocados (como en “Jauría”), confesiones en primera persona (la de Goyito en “Los muertos no hablan”), narración tradicional en tercera persona, transcripciones de programas de radio con formato de “consultorio sentimental” y la carta final del Chato.
En estas redes se va configurando la dinámica del grupo, esa macrohistoria que no es más que un simulacro de novela de iniciación y aprendizaje, donde se inicia, sí, pero no se aprende nada. Este ambiente microsocial no se disfraza de una ilusoria solidaridad sino que se relata desde el engaño, el egoísmo, la angustia y la violencia. En este territorio colectivo, la mirada retrospectiva del Chato en el final descubre que las cosas no cambian, que los integrantes del grupo “siguen viviendo de la decadencia” (123) y, lo que es tal vez más sombrío aún, ni siquiera en su propia percepción el individuo se ha transformado un poco. Como dice el Chato en su carta “sigo igual de aburrido, de contradictorio, de rencoroso, de pesimista” (123).
En casi todo primer libro se habla de influencias. Las hay, pero, en este caso, preferiría hablar de ecos. ¿Cuáles son los ecos literarios de Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso). El mismo Trelles Paz nos va dejando la pista en epígrafes, frases de los personajes y admisiones plenas, como cuando dice: “Esta frase me la he copiado enterita de un cuento de Ribeyro” (124). El acto de robar está en todas las páginas de este libro; ¿por qué no robar de la literatura también, un robo menor? Pero si leyéramos esto: “Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del ‘ Terrazas' , y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al colegio Champagnat” , sonaría a Trelles Paz. Cualquier parecido no es pura coincidencia; este primer libro entabla un diálogo con la impronta del primer Vargas Llosa, el de “Día domingo”, cuento que aparece en el libro de relatos Los jefes (1958), y el de Los cachorros , novela corta de 1967. Otros ecos peruanos son Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique y la presencia fantasmal de César Vallejo. También se halla una marca de uno de los exponentes atípicos de la literatura del Cono Sur, notable sobre todo en el tratamiento del diálogo, en el interés por los medios masivos y en cierta magnificación de lo cotidiano: Manuel Puig.
Los dos epígrafes que inauguran Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) son de otros dos escritores argentinos, Roberto Arlt y Ricardo Piglia. Uno habla sobre la pérdida y la extrañeza; el otro, sobre el fracaso. Pero en este libro el fracaso no es estrepitoso; es casi resignado. No se llega al fracaso sino que se parte de él. Para los personajes, el futuro llegó hace rato. Esto causa una cierta intensidad pero también una cierta inevitabilidad en la narrativa que hace casi imposible que los personajes o el narrador - que son, a veces, demasiado pontificadores - tomen distancia y adquieran perspectiva o, lo que parece mucho pedir, ironía. Porque, como lectores, sabemos que la redención no es tan edificante y que hay otros fracasos menos trágicos. Por eso, para próximas “redenciones”, le podemos pedir a Trelles Paz que lime de otra manera o que, incluso, cambie de Lima. Sin embargo, para este mundo de Hudson el redentor (y otros relatos edificantes sobre el fracaso) , es suficiente imaginarse a Trelles Paz diciendo sobre sus personajes: “Fracasan, luego existo”. Este libro es una buena justificación de esa existencia. |