EL CÍRCULO
Por Miguel Ildefonso
Todo círculo, todo grupo, gira en torno a algo ilusorio, ilusorio porque no hay un centro, ilusorio porque no se llega a conceptualizar del todo qué es, ilusorio porque aquello no es más que un reflejo del oscuro rostro propio que no se puede ver; tan ilusorio como el afán del amor, como en este círculo de escritores asesinos, que gira alrededor de Casandra, que gira alrededor de la literatura y el arte, como aquel mito de Apolo y Dafne.
Apolo, flechado por Eros, se enamora de la indiferente Dafne, herida a su vez por la plúmbea saeta del desamor; Apolo corre tras ella por el bosque, cuando ya la va a alcanzar, ella implora al dios Peneo, quien la transforma en árbol de laurel, y es desde entonces con la rama de laurel que se corona a los poetas. Si llegamos a vislumbrar lo que somos, si llegamos a concretar el develamiento de aquella ilusión con las propias manos, o si se llega realizar la obra irracional hecha arte, el grupo o el círculo se romperá. Si llegamos a racionalizar lo que hasta entonces era inefable o intangible, la irracionalidad que queda saldrá desde el fondo de nuestro espíritu para tratar de borrarlo y ocultarlo de nuevo. La belleza está hecha de razón, pero mucho más de su irracionalidad, mucho más del inconsciente que de lo consciente; pero a su vez, la belleza, depositaria de nuestras pasiones, confronta a la vida o la realidad, la hace menos absurda. La belleza relacionada al dolor se encuentra también en el mundo griego. En el Fedro de Platón se considera “el encuentro con la belleza como esa sacudida emotiva y saludable que permite al hombre salir de sí mismo, lo «entusiasma» atrayéndolo hacia otro distinto de él. El hombre -así dice Platón- ha perdido la perfección original concebida para él. Ahora busca perennemente la forma primigenia que le sane. Recuerdo y nostalgia lo inducen a la búsqueda, y la belleza lo arranca del acomodamiento cotidiano. Le hace sufrir. Podríamos decir, en sentido platónico, que el dardo de la nostalgia lo hiere y justamente de este modo le da alas y lo atrae hacia lo alto.” Casandra es una vía para aquello que quieren alcanzar los cuatro asesinos, incluida Casandra misma que es consciente de su función y de su humanidad. Mi teoría es que García Ordóñez, el abominable crítico literario de periódico o simplemente reseñista, cayó, como el azar del destino, como el azar objetivo de los surrealistas, en medio de aquel círculo habitué del jirón Quilca, e hizo ver a los cuatro, lo que el mito de la Casandra limeña y misteriosa no les dejaba ver. La irracionalidad primigenia del grupo entonces terminó por eliminarlo, puesto que el abominable arcángel Miguel Lautaro García Ordóñez ya los había herido de muerte como círculo. No solo mató esa ilusión, sino los reveló tal cual eran. Bastó un pequeño toque de su lanza para desmoronar al dragón de las tinieblas de aquel círculo. El círculo de los escritores asesinos es una novela que trata de la construcción y la destrucción de un mito; al principio uno puede pensar que se trata del mito del poeta y del artista en general. Como todo mito, está construido con pequeñas leyendas, anécdotas, adecuaciones, imposturas, relatos, textos anónimos, fuentes identificables, todo lo que en esta novela es el trabajo de Alejandro Sawa. El Ulises de Homero o el Ulises de Joyce, son dos mitos no tan opuestos, aunque uno represente a una colectividad, un héroe fundacional, y el otro todo lo contrario, al sujeto postmoderno, el individuo escindido de su sociedad, perdido en la ciudad. En el mito que se construye dentro de la novela de Trelles no un hay héroe que se encumbra, en todo caso lo hay para su demolición, y la ficción y la realidad se invierten, se difuminan. El mito que se construye en esta novela, y no es una exageración, es la del lector. El lector es el héroe finalmente. La realidad y la ficción han sido demolidas también, para que el lector mítico sea quien las vuelva a construir. Si hay un formato de triller o novela policial es lo de menos. El tratamiento que le da Alejandro Sawa es de “Documento Testimonial” justamente para hacernos un guiño de lo que se propone con los manuscritos cuyos orígenes no son tan confiables o desconocidos o relativizados; como todo discurso mitológico, él sabe que la realidad se construye, y que bajo la ilusoria verdad de la ficción se esconde una verdad real que nos compromete no solo como lectores. En el inconsciente colectivo de los lectores están los móviles de este asesinato, llamémosle “criticidio”, y del resto de los asesinatos que registra en su documento. Todo artista contemporáneo o moderno, desde que el arte se hizo crítica, es un asesinado por su sociedad como decía Artaud. Todas esos aparentes suicidios: de Ojeda, de Hernández, de Oliva, de Vega, no son más que asesinatos que el sistema enfermo de la sociedad los pinta de suicidio o “accidente”. La literatura tampoco escapa a esta enfermedad. Para novelizar esta enfermedad de hoy y para hacer una historia creíble y coherente y arriesgada, Diego Trelles ha sabido delinear a sus personajes, conoce de lo que habla, y su acercamiento a las leyendas urbanas como el Hudson bohemio es honesto. Hablar, por su puesto, de conocimiento de lo que cuenta o de honestidad en sus juicios, en Literatura, en ficción, es también hablar de una construcción en base a una estética. La estética de las versiones, de los viajes por la literatura, pero sobre todo de tomar a la literatura como arma para enfrentar a lo desconocido, a las fuerzas irrefrenables del subconsciente individual y colectivo. Los cuatro miembros del círculo han tomado a la Literatura como si fueran armas con las que van a asesinar su propia frustración, aquella emblemática frustración peruana del escritor o del ciudadano; pero aun a pesar de que se acojan del símbolo artístico y ético de César Vallejo, los cuatro finalmente caen por su propia inmadurez, y por la falta de un verdadero líder, tal como sucede en nuestra sociedad entera, nuestra sociedad adolescente, sociedad inmadura, incapaz de ver el propio rostro miserable que los (nos) domina, desde aquel su (nuestro) inconsciente colectivo lleno de horror hasta el discurso ilusorio de “honradez, tecnología y trabajo” con la que se (nos) sometió y somete en una aparente convivencia y democracia. Esta estética de la enfermedad, Onkoy en quechua, pero no Taki Onkoy o enfermedad del canto y la danza, pues no hay esperanza de resurrección ni utopía, en todo caso sí convulsión, deliro, sueños, arrojo, éxtasis, y en vez de interiorizar a la huaca o a la divinidad, el sujeto asesino interioriza a sus escritores y directores de cine: estamos en una época de crisis de culto, los asesinos convulsionan en sus testimonios, están posesos, en ese momento, así como el sujeto del Taki Onkoy o el danzante de tijeras, el asesino pierde el espíritu, vaga como un loco, uno se va a Austin, otro cae preso, de otros no se sabe bien, y empiezan a predicar, cada uno desde su nuevo y mítico rumbo, en torno a su antigua religión (como el reo Ganivet y su Quijote, o el mexicano con su ruta de Rimbaud) y a armar este “Documento Testimonial” que finalmente es la excelente novela que ahora leerán. Para terminar quiero contar muy brevemente el mito de Casandra, no la punk y femme fatale niña pituca del Círculo, o tal vez sí. Resulta que el enamoradizo Apolo, sí, otra vez él, ahora se había enamorado de la hija de Príapo y Hécuba, llamada Casandra; como todo caballero le prometió algo a la joven, le prometió el don de la profecía se aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, como toda dama, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo, se dejó de vainas, y le escupió en la boca y le retiró el don de la persuasión, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería. A grandes rasgos, Ganivet es un alucidado, el Chato es un templado, Larrita un cínico, Emilia una jugadora, pero la protagonista Casandra es quizás la más transparente, la más desgarrada, la más torturada, la más castrada, la que con su testimonio me impele a preguntarme por qué fue así su vida, por qué le tocó una vida así si lo tenía todo, y no sólo eso, por qué finalmente cada uno tuvo que escribir su testimonio, intentar deslindar con aquel asesinato, por qué quisieron ser poetas o escritores, por qué luego llegó a parar todo en manos del tal Alejandro Sawa, por qué en realidad mataron al abominable García Ordóñez, por qué huyeron disparados, por qué no se conformaron con el silencio. Yo prefiero creer en el Manuscrito Casandra, aun cuando tal como la mitológica Casandra de Grecia, es incapaz también de convencer o persuadir. Allí en esas vidas truncadas y bajo el velo de la belleza, encontramos las heridas, las yagas, la pus que hablaba González Prada y que ya no podemos dejar de ver.
Presentación en el Centro Cultural de España. (Lima, agosto 2006) |