EL CÍRCULO DE LOS ESCRITORES ASESINOS
Diego Trelles. Barcelona: Candaya, 2006. 313 pp
Por Martín Guerra Muente
¿Por qué resignarnos a esta realidad discreta
cuando podemos expandir el horizonte de
nuestras vidas inventándonos otras? Jonás
No es fácil para mí escribir sobre un libro de Diego, menos cuando éste ha sido arrancado de una intimidad que siento como propia. Me pasó con Hudson el redentor (Lima, 2001), que tenía la familiaridad de haber nacido en esas calles líquidas de Magdalena, que ambos, con la torpeza e inocencia de nuestra infancia, transitamos. Con ese primer libro, Diego abandonó el anonimato de sus primeras inquietudes, y a mí me fue revelada una nueva visión de ese barrio que seguía habitando en mis gestos más imperceptibles. Fue allí, con esos amigos llegados de todas partes, que aprendimos la rabia, el descontento, la frustración de una juventud perdida en un país que parecía hundirse en el marasmo y la corrupción de sus dirigentes. No me cabe la menor duda que fueron esos juegos, donde competíamos por el reconocimiento de ese otro, lo que nos hizo desafiar, con pertinaz instinto, la adversidad de un legado que creíamos irremisible. En medio de tanto drama personal no era difícil abandonarse a la violencia o a la fantasía, la única posible redención cuando la realidad golpea. Esas calles siempre rezumaron la melancolía de un esplendor perdido, así como cierto aire gótico, de poesía byroniana que nos hacía sentir inmortales.
Con este segundo libro no pasa algo diferente. Y aunque la historia no transcurra en las esquinas desvaídas de un distrito costeño, la esencia sigue siendo la misma. Porque en ese juego de di-versiones y per-versiones que es el Círculo de los escritores asesinos subyace la fuerza y la pasión de una consigna, que es estética pero también ética y que se nos revela como una verdad infinita: la del amor a una vocación a prueba de balas. Desde la fragmentación discursiva Diego ha construido, nuevamente, su educación sentimental, rehaciendo tópicos en medio de un realismo underground con aires de tragicomedia pop. Por eso sus personajes son antihéroes que como un coro múltiple van apareciendo a través de los libros que leen, de la música que escuchan, del cine que ven y de esos personajes que evocan e idolatran a la manera de una secta pagana. De esta manera se nos presenta a 5 excéntricos diletantes que, arrebatados de algún club de la dignidad literaria, deciden combatir las intrigas de ese mundo hostil asesinando al crítico García Ordóñez. Este será el comienzo para elaborar una historia que a través de los testimonios de los involucrados, llenos de digresiones, de citas y desmentidos a pie de página, van envolviendo el crimen en un halo de misterio. Pero eso no es todo, pues el asesinato sirve de telón de fondo para ir diagramando ese palimpsesto que desvela no sólo la atmósfera opresiva y finisecular de una Lima decadente, postfujimorista, sino también el tratamiento paródico con el que se nos va mostrando una ciudad llena de personajes bizarros.
Como retazos de una realidad ficcionada o de una ficción que nos induce a encontrar sus referentes en la realidad, estos jóvenes que se desviven por la literatura son los legítimos herederos de Stephen Dedalus y Holden Caulfield; o si se quiere de la más importante y explícita influencia del autor: Ulises Lima y Arturo Belano de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Así como ellos lo único que tienen es la escritura para salvarse del envilecimiento de lo que ellos ven como una disciplina noble. Nacidas de una subjetividad febril, casi impúdica, las versiones de los integrantes del Círculo no dejan de estar emparentadas con nuestra realidad más feroz. Por eso Diego le deja al lector esa parte que el editor Sawa, a la manera de un Charles Kinbote menos narcisista, le va escamoteando a la veracidad de las historias: identificar a través de la pesquisa literaria quién es quién en este juego de espejismos. Pero sobre todo averiguar por dónde se arrastran los García Ordóñez de la tierra, en la profundidad de qué antro en este momento viven su historia los poetas del mundo. Será el lector quien sabrá preguntarse por ese joven melancólico y desamparado, y por eso mismo hermoso, que es Ganivet con sus sueños de una armada de la transparencia. Y los Ganivet del mundo sabrán acogerlo con toda la inocencia que se necesita para rebelarse. O seguirle el paso al Chato, ese personaje que reconocemos desde Hudson , buscando la redención en el amor y la literatura. O a Casandra, femme fatale que vive en el estupor y la confusión de sus revelaciones, enfrentada a una moral hipócrita. Por último a Larrita, ese crápula agónico, que no le tiene miedo al ridículo y mucho menos a inmolarse, como su admirado Lugones, en una aventura africana que de seguro tomó de algún libro de Céline.
Y si bien no todos los pasajes tienen la misma intensidad, lo cierto es que este libro está escrito con la destreza de alguien que conoce su oficio. A través de monólogos intensos -como el del poeta Oliva, uno de los personajes que ofrece un ejemplo clarísimo de ese juego de indistinción entre realidad y ficción, que se entrega a la divagación más desquiciada y frenética-, de testimonios y confesiones es que Diego nos muestra su mundo de musas descarriadas y guerrilleros soñadores, que sólo desean compartir una vocación y defenderla con las pocas armas que tienen. En él no se les da tregua a los petimetres que hacen de la literatura un mundo de vanidades. El compromiso es con el arte, y esa es la única moral defendible. En ese collage de citas y apropiaciones -que van de la cinefilia más extravagante a una adhesión apasionada por la literatura- en ese juego intertextual y metaliterario, que enriquecen los sentidos de esta novela, hay un sedimento que es finalmente el de la literatura más vital y acerada. Acaso sea esa fuerza narrativa, esa prosa vigorosa lo que más sorprende de este libro. Por eso los personajes de Diego viven y sufren intensamente, y los lectores vivimos y sufrimos con ellos, odiando y amando cada elemento que constituye la historia. Pues así como leen pueden llegar al asesinato. Y es que les gusta la vida enormemente con su muerte y su cerveza. Ya lo diría ese señor cazador de mariposas que tanto leía Casandra: “Los escritores deben ver el mundo, recoger sus hijos y melocotones, y no pasarse meditando en una torre de amarillo marfil”. Y eso al parecer es lo que ha estado haciendo Diego.
Publicado en Intermezzo Tropical 4 (Lima, 2006) |